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Carlos del Porto Blanco

Hoy traigo a la columna un término que cada día se escucha más, tecnofeudalismo. Esta es una teoría socioeconómica que describe la transición del capitalismo neoliberal hacia un sistema dominado por las grandes corporaciones tecnológicas. El término ha sido popularizado por el economista griego Yanis Varoufakis en su libro “Tecnofeudalismo: el sigiloso sucesor del capitalismo” publicado en el 2023, donde plantea que las plataformas digitales han adquirido un poder similar al de los señores feudales medievales. El autor presenta la sentencia: “el capitalismo ha muerto. No asesinado por una revolución proletaria, sino víctima de una metamorfosis interna impulsada por su propio éxito: la tecnología”.

Brillante y defectuoso, combinando talentos de ingeniería poco comunes con ridículas exhibiciones públicas de ostentación, Musk es el Thomas Edison de nuestra era: el hombre que, como recordarán, electrocutó a un elefante para desacreditar a un rival. Yanis Varoufakis, Tecnofeudalismo: lo que mató al capitalismo

La virtualidad funciona como una nueva fábrica, capaz de explotar el trabajo durante el tiempo que antes era dedicado al ocio y al descanso, al mismo tiempo que se yuxtapone con la jornada laboral tradicional.

El feudalismo medieval (siglos IX al XV) se basaba en la relación de dependencia entre campesinos y señores feudales, quienes ofrecían tierras y protección a cambio de trabajo. En el caso del tecnofeudalismo, las “tierras” son sustituidas por plataformas digitales: Alphabet (empresa matriz de Google), Amazon, Meta (propietaria de Facebook e Instagram), Apple y Microsoft), y los usuarios se convierten en “vasallos” que entregan sus datos y atención a cambio de servicios digitales.

Aunque el término tecnofeudalismo ganó visibilidad global con Varoufakis en 2023, sus raíces intelectuales son anteriores. El filósofo francés Cédric Durand ya había explorado ideas similares en Technoféodalisme: Critique de l’économie numérique (2020), donde describió cómo las plataformas digitales extraen valor sin someterse a la competencia clásica. Por su parte, académicas como Jodi Dean y McKenzie Wark han vinculado el concepto con el auge del «capitalismo de plataformas», donde usuarios y trabajadores dependen de infraestructuras que no poseen.

Un hito simbólico ocurrió en 1993, cuando Varoufakis mantuvo una conversación con su padre, Giorgios, militante comunista, sobre el futuro del sistema económico. Tres décadas después, esa reflexión cristalizó en su libro, donde argumenta que la privatización de Internet tras la crisis financiera de 2008 aceleró la transición hacia un orden tecnofeudal.

Varoufakis plantea en su obra que el capitalismo tradicional se sostenía sobre dos pilares fundamentales: los mercados y el beneficio. Los mercados eran los espacios donde se encontraban la oferta y la demanda, y el beneficio era la recompensa por la innovación y la inversión productiva. Sin embargo, en las últimas dos décadas, un nuevo tipo de capital ha irrumpido para sustituirlos: el «capital de la nube».

¿Qué es exactamente el «capital de la nube»? No se refiere a los servidores y cables de fibra óptica, sino a los ecosistemas digitales cerrados que empresas como Amazon, Alphabet, Meta o Microsoft han construido. Ejemplos son la tienda de aplicaciones de Apple, el mercado de Amazon o la red social de Facebook. No son meros mercados abiertos, sino feudos privados donde el propietario, al que Varoufakis denomina «nubelista», impone sus leyes.

En esos feudos, la lógica cambia radicalmente. El objetivo ya no es obtener un beneficio compitiendo en el mercado, sino extraer una renta por el simple acceso al feudo. Es un retorno a la lógica feudal: así como el señor vivía de las rentas que pagaban los campesinos por usar su tierra, el nubelista acumula riqueza gracias a las rentas que pagan los «siervos» por operar dentro de su plataforma.

Un ejemplo claro es Apple. Cuando un desarrollador quiere vender su aplicación, debe aceptar las condiciones de Apple y pagar una comisión de hasta el 30% por cada venta que se realice a través de la App Store. Esa comisión no es un beneficio fruto de la competencia, sino una renta feudal digital que Apple cobra por el privilegio de existir dentro de su feudo.

La moneda de cambio del tecnofeudalismo son los datos. Al usar cada vez más las plataformas digitales, millones de usuarios dejan una huella digital que alimenta sus algoritmos e incrementa el valor de las aplicaciones de manera gratuita. Bajo ese sistema, se entiende que los individuos ya no son dueños de sus preferencias, sino que están creadas o condicionadas por los propios algoritmos.

Esos algoritmos han revolucionado el mercado tradicional. Por un lado, han transformado la publicidad, pues las plataformas personalizan los productos que se muestran dependiendo del usuario y sus gustos. Por otro, también la propia compra de productos, ya que ahora basta con un clic para recibirlos a domicilio. Ese nuevo mercado genera un nuevo tipo de capital; la plataforma ya no se centra en la producción sino en modificar el comportamiento de los consumidores. De ese modo, se relegan los beneficios propios del capitalismo y se pone en el centro a las rentas. Al igual que en la Edad Media, esas rentas son cuotas que los siervos pagan a los señores para usar sus propiedades. En la actualidad, eso se traduce en ceder los datos personales a cambio de tener acceso a la nube y a sus plataformas digitales.

Como sucedía en los terrenos en la Edad Media, sólo unos pocos tienen a su alcance el privilegio que supone el acceso a una gran cantidad de datos. Hoy en día, los “señores de la Nube” son las grandes empresas tecnológicas y sus dueños. Ese grupo empresarial, principalmente estadounidense, está liderado por las cinco compañías más importantes del sector: Alphabet, Amazon, Meta, Apple y Microsoft. A ellas se suman otras como la china ByteDance, propietaria de TikTok.

La Nueva Estratificación Social: Siervos, Proletarios y Vasallos de la Nube

En ese nuevo orden, la sociedad se reconfigura en una pirámide que recuerda a la Edad Media. Los «señores» son los dueños del capital de la nube: nombres como Elon Musk (X, SpaceX, Tesla), Jeff Bezos (Amazon), Mark Zuckerberg (Meta), Satya Nadella (Microsoft) o Sundar Pichai (Alphabet). Y bajo su dominio, los ciudadanos digitales, ocupan distintos estratos de servidumbre:

  • Los siervos de la Nube: Son la inmensa mayoría. Cada vez que se publica una foto en Instagram, se hace una búsqueda en Google o se da un Me gusta en Facebook, se generan datos y contenido de forma gratuita. Ese trabajo no remunerado es el que alimenta y multiplica el valor del capital de la Nube, enriqueciendo a los señores feudales sin que medie salario alguno.
  • Los proletarios de la Nube: Son quienes trabajan para las plataformas, como los clasificadores de fotos en Facebook o los choferes de Uber. A diferencia del trabajador asalariado tradicional, no tienen un contrato laboral, ni derechos, ni poder de negociación colectiva. Dependen del algoritmo, el nuevo capataz digital, que asigna los pedidos y puede «desconectarlos» (despedirlos) de forma arbitraria.
  • Los vasallos de la Nube: Son los pequeños empresarios y comerciantes que dependen de plataformas como Amazon u Oracle para vender sus productos. Aceptan las condiciones, comisiones y cambios algorítmicos impuestos por el señor del feudo, pues no tienen otra alternativa viable para llegar a sus clientes.

La popularidad del término «tecnofeudalismo» reside en su poder descriptivo. Ayuda a comprender fenómenos que el lenguaje del capitalismo tradicional ya no explica adecuadamente: la acumulación de riqueza sin precedentes en unas pocas corporaciones, la precarización laboral masiva, la erosión de la clase media y, sobre todo, la creciente sensación de impotencia ciudadana frente al poder de las grandes tecnológicas.

Esa concentración de poder económico se traduce directamente en poder político. La foto de los principales CEO tecnológicos en la investidura presidencial de Donald Trump no es una anécdota, sino un símbolo de esta nueva realidad. Figuras como Elon Musk no solo influyen en la política; la cooptan. Su compra de Twitter (renombrada como X) por 44 000 millones de dólares es interpretada por Varoufakis no como una inversión empresarial, sino como la adquisición de un feudo digital clave para conectar sus otros imperios (Tesla, Starlink) y moldear el discurso público a escala global.

Detrás de esa pulsión autoritaria se encuentran movimientos intelectuales como la «ilustración oscura» o el neorreaccionarismo (NRx), cuyo máximo exponente es el bloguero Curtis Yarvin. Esas corrientes, que seducen a magnates como Peter Thiel (cofundador de PayPal y Palantir), argumentan abiertamente que la democracia es un sistema fallido e ineficiente que debe ser reemplazado por un gobierno corporativo, liderado por un CEO o un «rey» con poder absoluto, en una clara regresión a un modelo político prefeudal.

Bajo el tecnofeudalismo, la concentración de riqueza y poder en manos de los dueños de las grandes tecnológicas fomenta mayores desigualdades económicas y el deterioro de las bases democráticas. Mientras esas empresas se enriquecen con los datos de los usuarios, no son transparentes con su uso, con el que tienen una gran influencia social. De hecho, Alphbet, Amazon y Meta han sido multados con millones de euros por la Unión Europea por no respetar las leyes de protección de datos y en estos días está por comenzar un juicio en los Estados Unidos contra Meta.

Para solucionar los problemas de este modelo, Yanis Varoufakis defiende la importancia de conocer quiénes son los propietarios de la información de los usuarios y no sólo saber qué datos tienen. De forma similar, el politólogo canadiense y miembro de la ONG australiana The Ethics Center, Gwilym David Blunt, plantea la necesidad de pedir una mayor rendición de cuentas a los multimillonarios tecnológicos como Jeff Bezos o Mark Zuckerberg, quienes buscan librarse de las regulaciones. Por su parte, el Foro Económico Mundial de Davos sostiene la necesidad de crear políticas para regular el sector de manera integral.

Actualmente se puede observar cómo la reducción de los tiempos de producción pierde centralidad en el proceso de acumulación de capital, para desplazarse hacia la apropiación del tiempo disponible. Dicho en otras palabras, la virtualidad funciona como una nueva fábrica, capaz de explotar el trabajo durante el tiempo que antes era dedicado al ocio y al descanso, al mismo tiempo que se yuxtapone con la jornada laboral tradicional.

Si bien este fenómeno supone un nuevo mecanismo para la extracción de plusvalía, vale decir también que esta se consolida en la acumulación de capital. Lo que se quiere señalar es, simplemente, que el gran taller global consolidado a través de la digitalización, funciona para el desarrollo de medios de producción que permiten ampliar la escala de explotación y el grado de penetración de los procesos productivos en la vida social.

Puede ejemplificarse con el conocido caso de Pokemon Go, el popular juego que consistía en atrapar criaturas a través de dispositivos inteligentes conectados a internet. Los datos sustraídos de la interacción de los usuarios fueron utilizados para el desarrollo de modelos de inteligencia artificial geoespacial.

Si bien estos nuevos esquemas productivos plantean serios desafíos para su posible análisis, se puede observar que continúan perpetuando algunas características claves del sistema capitalista de producción, como es el desarrollo de capital constante para la acumulación de riqueza socialmente producida.

En consecuencia, no se puede decir que esos fenómenos no constituyan un cambio cualitativamente distinto en el desarrollo del capital, pero tampoco se termina de explicar a partir de la renta. Pareciera más bien, que la supuesta “venganza de la renta” que plantea Varoufakis, se trata de una profundización de la ganancia, en un nuevo formato y bajo nuevos términos.

De la misma manera, a pesar de que la emergencia de los gigantes tecnológicos provocan la consolidación de monopolios, no se puede decir que su constitución y dinámica estén por socavar los mecanismos del mercado de capital. Por el contrario, es a través de esos mecanismos que explica la creciente disputa por la atención de los ciudadanos, que ha llevado a esas compañías a desarrollar tecnologías cada vez más ubicuas y penetrantes.

No cabe duda de que la irrupción de las tecnologías digitales ha transformado profundamente los dispositivos y procesos de poder en las sociedades burguesas, llegando al punto de poner en crisis las democracias de los Estados-nación tradicionales.

En ese sentido, los capitales tecnológicos desempeñan un papel crucial en la direccionalidad política e ideológica de los conjuntos sociales, no solo por su influencia en la cúspide de la superestructura, sino también por los mismos dispositivos que emplean en sus esquemas productivos.

¿Cuáles son las características fundamentales de este movimiento?

El tecnofeudalismo se distingue por cuatro rasgos fundamentales, análogos a la organización feudal medieval pero adaptados al entorno digital:

  1. Control de plataformas como «tierra digital»: Al igual que los señores feudales poseían la tierra, las grandes tecnológicas controlan infraestructuras esenciales (Nube, algoritmos, mercados en línea) que determinan quién puede participar en la economía digital. Unas pocas empresas controlan mercados globales y condicionan políticas públicas.
  2. Extracción de rentas, no solo de plusvalía: Mientras el capitalismo clásico se basa en la explotación del trabajo asalariado, el tecnofeudalismo prioriza la extracción de rentas mediante comisiones, acceso privilegiado a datos y tarifas por intermediación. Por ejemplo, Amazon retiene hasta el 40% del precio de venta de productos vendidos en su plataforma. La información personal se convierte en el recurso más valioso.
  3. Trabajo no remunerado de los usuarios: Cada reseña, me gusta o búsqueda que se realiza en las plataformas digitales genera valor para sus propietarios sin que se reciba compensación económica. Como señala Varoufakis, Alexa de Amazon no es solo un asistente: es una «máquina de modificación conductual» que entrena algoritmos con el trabajo gratuito
  4. Dependencia estructural y ausencia de salida: Pequeñas empresas, creadores de contenido y trabajadores de plataformas (repartidores, conductores) deben aceptar las reglas impuestas por los «señores digitales» para acceder a mercados o ingresos, reproduciendo una relación de vasallaje moderno. Gran parte de la vida cotidiana (comercio, comunicación, entretenimiento) depende de esas plataformas.

El marco del tecnofeudalismo ofrece tres aportes analíticos clave:

  1. Visibiliza nuevas formas de poder: Permite identificar cómo el control de datos y algoritmos genera asimetrías que la teoría económica clásica no captura adecuadamente
  2. Orienta la regulación: Al reconocer que las plataformas digitales no son meros «mercados neutrales», el concepto impulsa políticas de competencia digital, como la Ley de Mercados Digitales de la Unión Europea (2024)
  3. Fomenta la conciencia ciudadana: Ayuda a los usuarios a comprender que su participación en plataformas digitales tiene implicaciones económicas y políticas, no solo sociales o recreativas

A pesar de su influencia, el concepto de tecnofeudalismo ha generado debate académico. Las críticas más recurrentes incluyen:

  • Analogía histórica forzada: Algunos analistas sostienen que comparar a Jeff Bezos con un señor feudal ignora diferencias estructurales clave: los «vasallos digitales» pueden cambiar de plataforma digital con mayor facilidad que los siervos medievales de tierra, y no existe coerción física directa.
  • Riesgo de oscurecer el capitalismo: Críticos como los autores de Catalyst Journal argumentan que llamar «feudalismo» a la economía digital puede distraer de la realidad: las grandes compañías tecnológicas siguen operando bajo lógicas capitalistas (acumulación, competencia, innovación forzada), aunque con mecanismos actualizados.
  • Imprecisión conceptual: El término a veces se usa como etiqueta genérica para criticar a las Big Tech, sin distinguir entre modelos de negocio diversos (publicidad, suscripción, intermediación).
  • Falta de propuestas alternativas: Algunos observadores señalan que, más allá del diagnóstico, el marco del tecnofeudalismo ofrece pocas rutas concretas para la transformación estructural.

Sería un error dar por sentada esta teoría sin considerar las reservas que suscita en el ámbito académico. Entre los críticos del término se encuentran Shoshana Zuboff (autora de “La era del capitalismo de vigilancia”), que sostiene que el término tecnofeudalismo es impreciso, ya que el sistema sigue siendo capitalista, aunque basado en la explotación de datos. También tienen criterios en contra el bielorruso Evgeny Morozov y Nick Srnicek, los que rechazan la idea, argumentando que las dinámicas de acumulación de capital no han desaparecido.

La crítica más sólida proviene de quienes, como Mateo Crossa Niell desde una perspectiva marxista, señalan que el tecnofeudalismo comete un error conceptual fundamental. Se argumenta que la extracción de renta no es ajena al capitalismo, sino que es una de sus formas más primitivas y persistentes. La renta de la tierra, por ejemplo, ha coexistido siempre con el beneficio industrial. Por tanto, la apropiación de rentas por parte de Alphabet o Meta no sería una prueba del «fin del capitalismo», sino la expresión de su fase más avanzada y concentrada: el capitalismo monopólico. Desde esa óptica, llamarlo «feudalismo» sería una metáfora engañosa que oscurece la naturaleza del problema. Según ese autor.

Otra crítica a esa teoría es que puede llevar a un callejón sin salida político. Al presentar el poder de las big tech como un nuevo orden total e inexpugnable, se corre el riesgo de desactivar cualquier posibilidad de resistencia y lucha colectiva, olvidando que las crisis y las contradicciones del sistema siguen siendo el motor del cambio histórico. ¿Se acuerdan de Fukuyama con “El fin de la historia y el último hombre?”

Una crítica que se hace a la tesis de Varoufakis es que éste parece no captar una diferencia sustancial entre el proceso de trabajo en el feudalismo y en la actualidad. Mientras el primero se realizaba principalmente en la tierra, como factor de producción, el segundo se desarrolla en la virtualidad, en tanto materia trabajada. Esa característica diferencia sustancialmente la producción de la cotidianidad social en la actualidad, ya que no solo se basa en el desarrollo de un proceso productivo que supone la explotación de un trabajo pasado, sino que, al mismo tiempo, constituye una relación fundamental del ser social de las cosas, por el cual el proceso de alienación asume características particulares, así como también la producción de subjetividad y sentido común.

El concepto de tecnofeudalismo es útil como metáfora crítica, ya que permite entender la concentración de poder digital, analizar las desigualdades generadas por el control de datos y debatir sobre la necesidad de regulación y soberanía tecnológica.

Anécdotas y casos ilustrativos

  • El caso Alexa: Cuando un usuario pregunta a Alexa por un producto, el asistente no busca en un mercado abierto: prioriza los productos de Amazon o de socios que pagan por visibilidad. Eso elimina la competencia y convierte al usuario en un sujeto pasivo dentro de un ecosistema cerrado.
  • La paradoja de los creadores de contenidoYouTubersinfluencers y desarrolladores de aplicaciones móviles (apps) dependen de algoritmos opacos que pueden cambiar sus reglas sin aviso. En 2021, una actualización del algoritmo de YouTube redujo los ingresos de miles de creadores de la noche a la mañana, sin mecanismo de apelación efectivo
  • La respuesta a la crisis de 2008: Los rescates financieros y la flexibilización regulatoria permitieron que las grandes tecnológicas consolidaran su dominio. Mientras bancos tradicionales fueron intervenidos, empresas como Alphabet o Facebook expandieron su influencia sin contrapesos significativos.

Algunos hitos y hechos relacionados con la cronología Tecnofeudal

Para entender la solidez del debate puede resultar útil repasar algunos hitos clave que sus defensores señalan como evidencia de esta transformación:

  • 2001: El filósofo Yuk Hui sitúa aquí el germen ideológico, con el atentado a las Torres Gemelas, que algunos intelectuales interpretaron como la «decadencia de Occidente» y la oportunidad para pensar modelos post-democráticos.
  • 2008: La crisis financiera global es un punto de inflexión crucial. Varoufakis sostiene que los rescates bancarios multimillonarios y la política de flexibilización cuantitativa (imprimir dinero) inyectaron una liquidez masiva que, en lugar de reactivar la economía productiva, se dirigió a la creación y consolidación del capital de la Nube.
  • 2010: La masificación de las redes sociales digitales y las plataformas móviles marca el inicio de la acumulación masiva de datos y la consolidación de los feudos digitales tal como se conocen hoy.
  • 2019: La académica australiana McKinsey Work planteó las ideas del tecnofeudalismo en un libro llamado El capitalismo ha muerto.
  • 2020: La pandemia de covid-19 (2020–2021) aceleró la dependencia de la ciudadanía de las plataformas digitales, reforzando la percepción de un sistema tecnofeudal.
  • 2022: La compra de Twitter por Elon Musk y la presentación de ChatGPT (30 de noviembre de 2022) aceleran y visibilizan el fenómeno. La Inteligencia Artificial Generativa se perfila como la nueva y poderosa herramienta de los señores de la Nube.
  • 2024-2025: El término se popularizó globalmente gracias al libro de Varoufakis. La creciente influencia política de los magnates tecnológicos, especialmente con el regreso de Trump al poder en los Estados Unidos, sitúa el debate en el centro de la agenda pública.

El tecnofeudalismo, más que una descripción económica exacta, es una poderosa metáfora de los tiempos que se viven. Capta la ansiedad colectiva ante un mundo donde la tecnología, en lugar de ser un ente liberador, ha creado nuevas jerarquías de poder, las que son más rígidas y opacas que las anteriores. Éstas obligan a mirar más allá de las aplicaciones y los dispositivos para preguntar: ¿quién es el verdadero propietario de los datos que generamos? ¿Qué poder tiene el ciudadano para decidir las reglas de los feudos digitales que habita? ¿Se está asistiendo al establecimiento de un gobierno corporativo global?

El debate está lejos de estar cerrado, y las respuestas, como he tratado de mostrar, dividen a los expertos. Pero la pregunta que subyace es ineludible y nos interpela a todos: ¿qué tipo de sociedad se quiere construir en el siglo XXI? La respuesta, quizá, empiece por recuperar la conciencia de que no somos meros siervos, sino ciudadanos con la capacidad de imaginar y luchar por un futuro digital más justo para todos.

Referencias.