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Las cataratas del Iguazú son un conjunto de cataratas que se localizan en el río Iguazú, entre la ciudad de Puerto Iguazú, provincia de Misiones, Argentina, y Foz do Iguaçu, estado de Paraná, Brasil.

Están formadas por 275 saltos de agua que se precipitan sobre un conjunto de capas de basalto de origen volcánico, cuyo desgaste diferencial ha generado la forma escalonada del terreno; el 80% de ellos se ubican del lado argentino. Un espectáculo aparte es su salto de mayor caudal y, con 80 metros, también el más alto, la Garganta del Diablo, el cual se puede disfrutar en toda su majestuosidad desde solo 50 metros, recorriendo las pasarelas que parten desde Puerto Canoas, al que se llega utilizando el servicio de trenes ecológicos. Por ese salto pasa la frontera entre ambos países.

Debido a las características de la zona se pueden observar: “Una exuberante y casi tropical vegetación, la frondosidad de los grandes helechos, las cañas de los bambúes, los graciosos troncos de las palmeras y miles de especies de árboles, con sus copas inclinándose sobre el abismo adornado con musgos, begonias rojas, orquídeas de oro, bromelias brillantes y bejucos con flores trompetas…” Fueron elegidas como una de las “Siete maravillas naturales del mundo”.

El nombre de las cataratas en español, Iguazú y arcaicamente Yguazú, proviene de dos palabras de origen guaraní: la palabra “y” y la palabra “guazú”, que en esa lengua quieren decir y= agua, guazú= grande; es decir, Iguazú significa “agua grande”.

En el año 1541, mientras realizaba una travesía desde el océano Atlántico hasta Asunción del Paraguay, el adelantado español Álvar Núñez Cabeza de Vaca divisó las sorprendentes cataratas del río Iguazú y las bautizó como “saltos de Santa María”. El primer europeo en divisar esas cataratas fue el náufrago de la expedición de Juan Díaz de Solís, Alejo García, el 31 de enero de 1516, cuando cruzó por esa región en busca de la sierra de la plata. El nombre de “Saltos de Santa María”, con el tiempo fue reemplazado por su antigua denominación guaraní Iguazú.

Por entonces la región era habitada por indígenas de la etnia mbyá-guaraní, quienes alrededor de 1609 comenzaron a vivir el proceso evangelizador protagonizado por los sacerdotes de la Compañía de Jesús, llamados jesuitas, quienes desarrollaron exitosamente en esa región de América Latina un sistema de reducciones que llegó a contar con 30 pueblos distribuidos en las regiones del Tapé y La Guayrá (ubicados actualmente en el sur de Brasil, Paraguay y en Argentina, en toda la provincia argentina de Misiones y el norte de Corrientes). Fueron las misiones jesuíticas guaraníes. Por diferencias políticas y económicas con la corona de España los jesuitas fueron expulsados en 1768.

En 1902, el Ministerio del Interior de Argentina encomendó al arquitecto paisajista Carlos Thays realizar un estudio de las cataratas, que fue la base para la creación del parque nacional Iguazú, en 1934, que posee 67 620 hectáreas de selva misionera. Una de las varias leyendas cuenta de la existencia de una serpiente gigante, «Mbói», la cual vivía en el interior del río. Para aplacar su ferocidad, los aborígenes sacrificaban a una dama una vez por año, arrojándola a las aguas como ofrenda para la bestia. En una de esas ocasiones un valiente guaraní raptó a la doncella elegida, para salvarla del tradicional rito, escapando con ella en canoa por el río. Al enterarse de la osadía, Mbói entró en cólera y encorvando su lomo partió el curso del río, creando así las cataratas y separando de ese modo a ambos indígenas.

Referencias