El líder de la Revolución Cubana, el Comandante, cumple 95 años. No está físicamente, pero nos acompaña. Sobre todo cuando los caminos se vuelven más espinosos, hay que acudir a Fidel, a la hondura de un pensamiento político que vibra y desafía, anima y esclarece.

Sus adversarios aún fantasean con que la Revolución Cubana se vaya a bolina, como si fuera un engendro raquítico, con principios mal hilvanados. Luchar por una utopía es, en parte, construirla.

A eso convocó el líder, el extraordinario estratega, idealista y pragmático a la vez; el que supo unir para servir a la Patria, como hiciera Martí; el que sentó pautas, confiado en las cualidades del pueblo para mantener el rumbo de las transformaciones imprescindibles hacia una sociedad socialista y próspera con estilo propio.

Y en tiempos como los de ahora, particularmente convulsos, la épica cubana sigue su curso.

Baluarte de la dignidad

Para rabia de sus detractores, Fidel moldeó una Revolución resistente a las embestidas incesantes del imperio más poderoso y sus coristas.

Y en medio de tanto acoso y juego sucio, cumplió sueños de justicia, igualdad y emancipación, e hizo de Cuba un baluarte de la dignidad.

Legó un magistral concepto de Revolución, con códigos éticos y proyecciones que deben de funcionar como brújula en este momento histórico, cuando se imponen la necesaria unidad, el diálogo constructivo, la defensa de la cultura.

Con magisterio político, Fidel libró incontables batallas, con ideas sòlidas y creativas, que también millones de personas en el mundo han hecho suyas.

Queda mucho por hacer. Problemas económicos y sociales por resolver. Trabas y vicios por vencer.

Pero la Revolución Cubana sigue en marcha, sin flaquezas, con Fidel, para renovarse y crecer.