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Por: Ania Felipe

La obra martiana tiene ese encanto que cautiva en cada palabra, pero además, el mensaje que exhala de cada pensamiento suyo se levanta de su época y se sitúa en todos los tiempos.

Escribió desde el siglo XIX que al venir a la tierra todo hombre tiene derecho a que se le eduque, y después, en pago, el deber de contribuir con la educación de los demás.

Para Martí la necesidad de la instrucción era un pilar poderoso para el desarrollo de los pueblos. En su Patria fructificó años después esa simiente plasmada en la obra del Apóstol, las aulas se abrieron para todos en cualquier tipo de enseñanza.

Los maestros rebasaron las fronteras geográficas para abrir en otras tierras nuevos surcos al saber, al conocimiento, porque ser cultos es la única forma de ser libres, sentenció Martí para la posteridad.

El pensamiento pedagógico de Martí está vivo

José Martí nos enseñó que no hay igualdad posible sin igualdad de cultura, por eso la erradicación del analfabetismo constituye una necesidad.

El programa cubano Yo sí puedo ha tenido el fin de enseñar a leer y escribir a todos por igual en América Latina, en un continente donde existen más de 40 millones de analfabetos.

Al comienzo de la Revolución, Cuba demostró al mundo que era posible ese combate contra la ignorancia. Los educadores de nuestro país, impregnados de la fórmula martiana de amor e inteligencia, se lanzaron a una nueva batalla, esta vez por las tierras latinoamericanas, donde varios países se han unido al Programa Yo sí puedo.

En aulas en medio de cordilleras, ríos y selvas vírgenes, los maestros cubanos llevan las enseñanzas de nuestro José Martí, y su compromiso vital con la América nuestra.