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Por Roger Ricardo Luis

China concluyó con éxito el primer vuelo de prueba de un avión propulsado por un motor que utiliza hidrógeno líquido, popularmente conocido como “motor de agua”, que representa uno de los avances más ambiciosos hacia una aviación sin combustibles fósiles.

La noticia “alzó el vuelo” el cuatro de abril pasado, en la ciudad china de Zhuzhou, y fue confirmada por entidades científicas y tecnológicas internacionales especializadas en innovación aeroespacial, según informaron medios de prensa en el mundo.

El avión, un vehículo de carga no tripulado de 7.5 toneladas, logró despegar, ascender hasta 300 metros de altitud y permanecer en el aire durante 16 minutos.

La aeronave recorrió 36 kilómetros a una velocidad de 220 kilómetros por hora, con un motor desarrollado por el estratégico consorcio estatal Aero Engine Corporation of China.

Sendas diferentes

Con el vuelo de prueba del avión propulsado por un motor que utiliza hidrógeno líquido, China cierra la cadena tecnológica desde componentes básicos hasta integración completa en aeronaves.

Beijing va por una senda tecnológica distinta a la de su contrincante, el consorcio europeo Airbus que apuesta por pilas de combustible de hidrógeno, que transforman el hidrógeno en electricidad para mover motores eléctricos; el gigante asiático ha optado por la combustión directa en turbinas.

Expertos sostienen que el avance chino no está exento de retos, pues el hidrógeno debe almacenarse a menos 253 grados centígrados, lo que exige sistemas criogénicos complejos, seguros y ligeros.

Además, arde a temperaturas más altas que el queroseno y hay que rediseñar depósitos, fuselajes y protocolos de seguridad, y necesita una infraestructura aeroportuaria completamente nueva.

Reducir la contaminación

El avión chino propulsado por un motor de hidrógeno líquido tiene la ventaja de no lanzar Co2 al espacio aéreo.

Los aviones queman combustibles fósiles y liberan emisiones de dióxido de carbono que tienen efectos de calentamiento global; también óxidos de nitrógeno, dióxido de azufre y hollín en menor cuantía.

El tráfico aéreo no ha dejado de crecer en los últimos 20 años y se calculan más de 80 mil vuelos diarios, de éstos 50 mil son comerciales; Asia es la región que más contribuye a las emisiones de la aviación, seguida de América, Europa y Oceanía.

Cada pasajero de avión produce un promedio de más de 100 kilos de dióxido de carbono por cada hora de vuelo; es decir, la aviación civil es responsable de entre un dos y tres por ciento del total de emisiones de dióxido de carbono emitidas de manera artificial a la atmósfera cada año.