Transcurría la Conferencia Internacional americana de Washington, el 19 de diciembre de 1889, cuando José Martí pronunció su discurso Madre América ante los delegados latinoamericanos a aquel encuentro convocado por Estados Unidos.
Ya la idea había sido tratada de llevar a la práctica en 1884 por James Blaine, el inescrupuloso político norteamericano que hizo de la expansión hacia el Sur una de las divisas de su carrera.
Entonces Martí denunció el peligro, que resurgió al volver Blaine a la Secretaría de Estado y convocar la reunión para discutir sobre la moneda internacional y el impulso al comercio.
Para Martí comenzó entonces una gran batalla por la dignidad y la independencia de Nuestra América, en la que su discurso Madre América fue un momento de alta significación.
Las dos Américas
José Martí pronunció su discurso como presidente de la Sociedad Literaria Hispanoamericana de Nueva York, ante los diplomáticos que representaban a Nuestra América en la Conferencia Panamericana de 1889.
Por tanto, no habló en nombre propio, sino de la comunidad latina de aquella ciudad. Esa pieza oratoria es imponente monumento literario y magistral texto de política.
Su tema central fue demostrar que las diferencias entre el Norte y el Sur de América se debían a sus historias diferentes, y que el sur (por sí solo, y sin copiar al Norte) podía resolver sus problemas y marchar adelante.
El análisis martiano en Madre América contrapuso la historia de autogobierno con que nació Estados Unidos, al sojuzgamiento que impuso España a sus colonias.
Servir y honrar a América
Lo más significativo de las ideas martianas en el discurso Madre América es su amoroso llamado a confiar en nuestros propios esfuerzos, por encima de todos los males, injusticias y atrasos dejados por la colonia.
Para el patriota cubano se trataba, pues, de que la conciencia de nuestra dignidad animara a sus oyentes, los delegados latinoamericanos ante la primera Conferencia Panamericana, en 1889.
Convencerlos del intento dominador que se ocultaba tras la convocatoria norteamericana era parte de la batalla que Martí había emprendido ya mediante las crónicas en que denunció los intereses expansionistas de Washington.
Por eso, dijo en su discurso que se trataba de “servir y honrar a América”, como él hacía con aquellas agudas reflexiones.