Por Marilys Suárez
Alrededor de las 2:30pm del jueves ocho de enero de 1959, Fidel y su ejército de héroes arribaron a La Habana. Una Habana vestida de verde olivo y rojinegro que los esperó durante horas y que se volcó en sus calles, avenidas y accesos en desborde de júbilo popular.
Todos querían ver al Fidel del Moncada, el Granma y la Sierra. Todos querían llevar en sus pupilas la visión del hombre convertido en leyenda. Su nombre ya estaba de boca en boca cuando la Caravana de la Libertad del Ejército Rebelde hizo su entrada triunfal en la capital cubana.
Igualmente aclamado era Camilo, la figura legendaria del héroe de Yaguajay. Lo llamaban por su nombre y buscaban darle la mano, un beso o un papel con alguna encomienda. Aquello era la apoteosis.
En Columbia, la voz del héroe
La concentración en Columbia resultó impresionante, tras la entrada de la Caravana en el otrora bastión del tirano, se escuchó la voz del líder. Clara y premonitoria.
Allí Fidel pronunciaría uno de sus más medulares discursos. Aquel polígono repleto de personas escuchó sus palabras sin perderse detalle.
Fue aquel un día excepcionalmente trascendente en la historia de Cuba y del mundo. “El pueblo había ganado la guerra, tenía que prepararse para ganar la paz y conquistar el porvenir”, diría entonces. Y luego reafirmó: “El destino de la Patria no pude ser nuevamente escamoteado”.
Hasta pasada la medianoche se escucharon sus palabras, anunciándonos un futuro en que los sueños serían superados por la realidad. En su hombro, y como un símbolo, una paloma de inmaculado plumaje.
A 67 años de la histórica fecha, reeditada cada año, la tradición rememora la victoria.