La Habana, Cuba.- Manipulado desde hace años para justificar continuas y cada vez más graves violaciones de un Derecho Internacional hecho trizas por Washington, el término «estado fallido» fue acuñado desde los años de 1990 en el léxico de la política internacional, para aludir a sistemas de gobierno incapaces de solventar las necesidades de su ciudadanía.
El término es injusto porque, en el mejor de los casos, cuando se adjudica con razón a un país, nunca se analizan las causas por las cuales esa nación —por ejemplo, Haití—, recibe esa denominación, con lo que se ignora la depredación a manos del Primer Mundo de que ha sido víctima, lo que la ha conducido a la anarquía y la pobreza.
Pero la politización del término resulta aún más abyecta, porque se aplica, de modo falso, para justificar estrategias injerencistas o, lo que es peor, de intervención directa.
Cuba, ejemplo de resistencia
Endilgar a Cuba la etiqueta de estado fallido constituye un uso del término como arma por medio de campañas manipuladoras, para socavar a estados soberanos que no son ineficientes, sino incómodos al poder occidental: países que no se alinean con los intereses geopolíticos de los imperios, sino con sus propios principios.
Adjudicarle el término a nuestro país significa una alevosía doble, porque ninguna otra nación del mundo ha soportado más de 60 años de persecución financiera y comercial y de guerra económica, manteniendo en pie sus instituciones, asegurando salud y educación y dirigiendo, en el contexto más difícil posible, al país.
Resilientes estructuras de gobierno, logros en desarrollo humano y continuada cooperación internacional son identificados por estudiosos como algunas de las vías mediante las que el Estado cubano ha vencido las presiones, y se mantiene airoso.