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Postales de La Habana

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Por: Gardenia Companioni

En el número 406 de la calle Paseo, en el Vedado, hay una mansión señorial cuya fachada y frente, que ocupan toda la cuadra, evocan aires de opulencia, magnificencia y poder, característicos de la más alta aristocracia.

Se trata de la residencia que mandó a construir Juan Pedro Baró para su amada Catalina Lasa, a inicios del siglo pasado, y que hoy es conocida como la Casa de la Amistad.

Para su fabricación, la cristalería y los vitrales fueron traídos desde Francia. La arena fue acarreada desde las orillas del Nilo, las estanterías se hicieron con maderas preciosas, y los jardines fueron diseñados por el urbanista francés Jean Forester.

Dos leones de mármol blanco sosteniendo escudo nobiliario, guardan la escalinata que brinda acceso al portalón de entrada.

Conmovedora historia de sus dueños

La Casa de la Amistad no habla de los trágicos acontecimientos que envolvieron a los dueños de la residencia.

Catalina Lasa, una de las mujeres más bellas de La Habana, estaba casada con el hijo del primer vicepresidente de la República, pero durante una fiesta, la mirada de Juan Pedro Baró tambaleó su matrimonio.

Catalina pidió el divorcio a su esposo, pero le fue negado, por lo que decidió vivir con su amado. Insultada y acusada de bigamia, la pareja viajó a Francia donde se casaron, y luego el Sumo Pontífice los bendijo y dispuso la anulación del matrimonio anterior.

El día que se inauguró la mansión, Pedro le regaló a Catalina una  nueva rosa de injerto, que aun lleva su nombre, con sus colores favoritos, el rosado y el amarillo, que fue sembrada en los jardines de la casa. Catalina solo pudo disfrutar de la vivienda 4 años, pues enfermó de gravedad y murió.

Un amor a lo Romeo y Julieta

El cuerpo embalsamado de Catalina Lasa, aún reposa en la magnífica cripta erigida en la calle principal de la Necrópolis de Colón, en la zona de monumentos de primera categoría, frente al obelisco a los bomberos.

El costo del soberbio panteón fue de medio millón de pesos, y a su interior de mármoles blanquísimos, entra cada mañana la luz del sol a través de un vitral francés, actualmente sustituido, que hacía derramar sobre el último lecho de la amada, un encaje de rosas iluminadas.

Juan Pedro Baró murió 10 años después, y fue su deseo que lo enterrasen a los pies del amor de su vida, mientras mandaron fundir losas de hormigón in situ, para que nadie pudiera profanar sus tumbas. Cuentan que algunas noches sin luna, en el jardín del palacete de la calle Paseo puede verse el alma en pena de Catalina cuidando con amor sus rosas.

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