Dijo José Martí: “Hay más gloria en sacar una espada del pecho de un herido, que hundirle la espada hasta la empuñadura”.

Y en ese principio de nuestro Héroe Nacional se resume la ética que rigió en los campos de batalla durante las guerras de independencia libradas en la Cuba de finales del siglo XIX.

Desde la primera de esas gestas: La Guerra de los 10 Años, las acciones combativas tuvieron un profundo sentido humanitario.

A la máxima de liberar al país del yugo español, los jefes de la revolución del 68 sumaron el propósito de, en el fragor de la batalla, dar un trato humano a los combatientes, atender a los heridos y garantizar la vida de la población civil.

Todo ello se contraponía a los crueles procedimientos que empleó el ejército colonial, que mantuvo una guerra injusta y salvaje.

Céspedes, su humanitarismo

Cuando en 1868 llamó al levantamiento en armas por la independencia de Cuba, Carlos Manuel de Céspedes estableció las reglas del comportamiento durante las acciones combativas.

Al crear en la Guerra de los Diez Años el Cuerpo de Sanidad Militar, organizaba a las fuerzas insurrectas para llevar a cabo una lucha lo más humana posible.

Dictó un decreto en el que promovió el trato justo al enemigo rendido y a prisioneros de guerra, estableció la prohibición de matar fuera de combate, la protección a la población civil, especialmente mujeres, niños, inválidos y ancianos y dispuso medidas para castigar a los malhechores que se aprovechasen del estado insurrecto para fomentar el robo y el pillaje.

En fin, en medio de las balas, Céspedes preconizó el respeto al decoro y derecho del hombre.