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Dos caras

once-de-septiembre once-de-septiembreLa Habana.-  A veces el tan citado Dios Cronos resulta caprichoso, y suele tomarla con una fecha para colocar en ella sonados acontecimientos.

Y el once de septiembre parece de esos días marcados por la divinidad del tiempo, y no precisamente con feliz algarabía.

Con la diferencia de dos décadas y ocho años, el mundo conoció en ese día de dos noticias estremecedoras. La primera en mil novecientos setenta y tres, en Chile, cuando militares fascistas y fuerzas políticas de ultraderecha impulsadas y apoyadas desde Washington, derrocaron al gobierno popular de Salvador Allende e instauraron un régimen genocida y entreguista.

Una dictadura que costaría la vida a más de tres mil personas, torturas a un número indeterminado, y que abrió las puertas del país a punta de bayoneta, al entonces de moda experimento neoliberal imperialita en materia económica.

En el corazón del imperio

Otro once de septiembre, pero de dos mil uno, el mundo volvería a estremecerse, esta vez con la noticias de los atentados que derribarían las Torres Gemelas de Nueva York y causarían daños en el propio Pentágono, atribuidos ambos a la red de terroristas islámicos Al Qaeda y a su dirigente Osama Bin Laden.

Acciones cuyos orígenes ciertamente aún no parecen claros, mucho menos cuando se habla de que el grupo de terroristas que atacó en Nueva York se entrenó públicamente en el pilotaje de naves aéreas en los propios Estados Unidos y frente a las narices curiosamente muertas de los poderosos servicios gringos de seguridad.

Eso, junto al hecho de que hoy se revele con fuerza que el impacto contra el Pentágono fue de un poderoso misil y no propiamente de un avión comercial, del que nunca fue recuperado ni un tornillo en el lugar de los hechos.

Denominador común

Lo que si resulta claro al evocar estos dos once de septiembre, el de 1973 y el del 2001, es que giran en torno al mismo sujeto prepotente y agresivo y a sus políticas interventoras a escala planetaria.

En el primer caso, el del golpe fascista en Chile, pretendió matar de cuajo una experiencia revolucionaria inédita hasta entonces en nuestro hemisferio: la de un gobierno de izquierda elegido por el pueblo en las urnas.

En el segundo caso, el de Nueva York, se hizo un uso oportunista de una tragedia de orígenes controvertidos, para lanzarse en guerras de conquista en Asia Central, concretamente Afganistán e Iraq, bajo el pretexto de aplastar el terrorismo a escala global mediante al genocidio de pueblos enteros. 




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