Sin límites
La Habana.- Lo que se ha venido sucediendo el Libia con los ataques militares norteamericanos y de sus restantes aliados de la Organización del Tratado del Atlántico norte, OTAN, a esa nación norafricana, no admite otro calificativo que abierta injerencia y guerra ilegal.
Así de rotundo. El imperio ha utilizado y manejado las instancias internacionales a su antojo para lanzar los bombardeos aéreos contra el pueblo libio, bajo el falso pretexto de defenderlo de las autoridades locales, convertidas de la noche a la mañana por la propaganda occidental en una suerte de monstruos devoradores de sus propios hijos, y condenadas a desaparecer bajo el fuego purificador de los pretendidos amantes universales de la libertad.
Toda una tragicomedia destinada a tres objetivos claves: destruir a un gobierno incómodo, acceder de lleno al petróleo de Libia, y conquistar una posición estratégica de cara al Mar Mediterráneo.
La historia se alarga
Después de largas semanas de ataques con aviones y misiles, que han causado la muerte de miles de libios, al parecer los estrategas imperiales consideran cercano el momento de propinar el tiro de gracia al gobierno de Trípoli.
En ese camino se han ocupado de hacer fuertes contactos con los titulados rebeldes locales, a los que suministran armas, dinero, mercenarios y apoyo de todo tipo, a la vez que cobertura aérea en sus acciones militares.
Mientras, se han ocupado además de acrecentar los marcos pretendidamente legales a escala global para culminar exitosamente su sangrienta aventura, uno de cuyos pasos más recientes ha sido promover que el Tribunal
Internacional de la Haya pretenda juzgar al líder libio Muamar El Kadafi por crímenes de lesa humanidad.
Nada nuevo
Desde luego, y más allá del caso particular del presidente libio, lo cierto es que el susodicho Tribunal Internacional no ha sido nada imparcial al asumir su tarea.
Y es que por lo general se limita a juzgar y condenar preferentemente a determinadas figuras acusadas de violaciones de los derechos humanos por las potencias de Occidente.
Porque si vamos a hablar de crímenes de lesa humanidad, lo cierto es que entre los poderosos del orbe existen tantos asesinos y terroristas como para llenar varias veces el edificio de la corte internacional, y sin embargo, nadie les molesta por un segundo.
Resulta, ya lo hemos dicho otras veces, la amarga lección que al parecer todavía algunos dirigentes globales no acaban de aprender. Y es que al imperio no se le puede hacer el juego ni asumir como un asunto de justicia nada de lo que intente disponer.
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