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Fariseísmo USA

La Habana.- La posición estadounidense en Oriente Medio es clara.

No es permisible que a Tel Aviv se le roce ni con el pétalo de una flor. Es un socio estimado, cuidado y cebado por Estados Unidos en un emporio petrolero que desea controlar por completo.

Mientras, en el caso de los gobiernos árabes autocráticos, y que de una forma u otra son garantes de los intereses energéticos gringos, a la vez que admiten y dejan pasar de buen grado los golpes y la propia existencia del sionismo, el silencio en torno a sus actitudes represivas ha sido y es otra ficha de importancia sobre la mesa.

De manera que ni antes, ni en medio de las revueltas populares en esos países, han existido desde Washington exigencias drásticas de cambio, de flexibilización y de políticas democráticas. Mucho menos acciones armadas destinadas a poner freno a la represión oficial.

La otra cara de la moneda

Sin embargo, por estos días, la violencia imperial se ha desatado finalmente contra Libia en un intento por sacarse de encima a un gobierno incómodo, más allá de sus errores y concesiones, a la vez que acceder a las riquezas petroleras de esa nación norafricana.

Era un asunto de apuro. Lo cierto es que el gobierno de Trípoli había puesto en jaque a los titulados “opositores” apoyados públicamente  por Washington, y antes de ver hundirse esa alternativa, se hacía imponderable “legalizar”  la agresión diseñada de antemano por la Casa Blanca y la OTAN contra el pueblo libio y sus derechos de autodeterminación. 

Santificados por tanto están en el injusto Consejo de Seguridad de la ONU, la agresión, los bombardeos, y la instrumentación de todo tipo de sanciones.

Las exigencias hechas realidad

El cuadro inicial en Libia, por tanto, asumió la forma deseada por los sectores agresivos internacionales, y habrá que ver hasta donde podrían llegar la brutal aventura bélica, así como los niveles de resistencia popular que enfrentaría la acariciada ocupación militar directa, que desde hace mucho obra en el menú imperialista para Libia.

Porque una cosa es bien cierta: Desatada la guerra de rapiña, ya no habría que pensar, en el caso libio, en términos de una resistencia en defensa de un gobierno o de una figura.

El asunto pasaría de inmediato a la lucha por la integridad del suelo donde se ha nacido, y del sagrado derecho de cada grupo humano a decidir su camino sin injerencias, presiones, ni golpes ajenos.




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