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Aquellos que crecieron aceleradamente

La Habana, Cuba.- Hace medio siglo los adolescentes se llamaban Héctor, como el príncipe troyano; o Alejandro, como el macedonio que conquistó el imperio persa; o Agustín, como el teólogo canonizado; o José, como el padre putativo; u Orestes, como el del mito vengador...

Así se llamaban algunos entre aquella docena de muchachos alfabetizadores puestos a vivir en la escuelita rural de Cueto Tres, entre Báguanos y Tacámara, cuando Holguín era todavía un municipio oriental y no una próspera provincia.

Tenían entre doce y dieciséis años, que son edades de aprender más que de enseñar; pero los compulsaba un compromiso que puede parecerle extraño a quienes nunca han estrenado una revolución.

Eran muchachos, pero la Historia los obligaba a crecer precipitadamente como artilleros y maestros y doctores en el año convulso de Playa Girón.

Del azadón al lápiz

En cualquier lugar de Cuba, loma o llano, poblado o caserío, podía hallarse un hombre como aquel Baldomero, que a los cuarenta años solamente había empuñado el machete y el azadón y la mancera del arado.

Sin embargo, aquella mano que sólo sabía de las asperezas de la tierra, aprendió, imitando la caligrafía del niño maestro que le tocó en suerte, a dominar la fragilidad del lápiz y la escritura de lo bello.

Después de siglos de ignorancia, en esa mano se liberaba al fin la ansiedad del saber, la avidez de ternura que acompaña al conocimiento.

Conducidos por miles de niños y jóvenes en una acción de justicia, millares de Baldomeros dejaron atrás la ceguera del guajiro analfabeto para demostrar la inteligencia y la sabiduría de que estaban dotados.

Una campaña interminable

Aquellos muchachos de hace medio siglo se llamaban como los héroes mitológicos y los personajes históricos, porque los padres de entonces no creían que la grandeza radicaba en la exclusiva singularidad del un nombre sin pasado.

Allá en Cueto Tres, en San José de Aserradero, en La Jocuma o en Jobabito, en lo más intrincado del Escambray o de la Sierra de los Órganos, jóvenes de vida urbana, separados por vez primera de sus padres, ayudaban a transformar definitivamente la historia del país.

hoy yulieski y yanaray y yenisei y yazzuri, los adolescentes y jóvenes de ahora mismo, son convocados a una campaña que no cesa, la de una Revolución que sólo conseguirá cambiar y renovarse con su ejército de alfabetizadores nuevos.




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