Por el camino de la verdadera Revolución
yate-granmaLa Habana, Cuba.- Cuando se cumplen 55 años del inicio de un nuevo ciclo de nuestra historia, vale recordar la fecha del domingo 25 de noviembre de 1956, cuando pasada la medianoche se ordenó soltar las amarras del yate Granma, para enrumbar hacia Cuba.
En medio de la oscuridad y la lluvia la nave zarpó desde el puerto de Tuxpan, con ochenta y dos hombres silenciosos, para no llamar la atención de las autoridades portuarias, que habían prohibido la navegación por el mal tiempo imperante.
Al frente de los expedicionarios iba el joven abogado Fidel Castro, quien inspirado en las ideas martianas iniciaba junto a sus compañeros “los caminos de la verdadera revolución”.
Atrás quedaban el asalto al Moncada, la prisión y el exilio, del que Fidel señaló que, “No se regresa, o se regresa con la tiranía descabezada a los pies”.
Buscando el camino de la libertad
En las primeras horas de viaje, el Granma iba sobrecargado de personas y hundido de proa, pero pasó la primera prueba en mar abierto, aunque la línea de flotación estaba por debajo de lo normal. Poco después, la emoción estalló en todas las gargantas con las notas del Himno Nacional y la marcha del 26 de Julio.
En un viaje de siete días, con mar agitada, los hombres del Granma navegaron entre mareos y fatigas, además de faltarles agua y alimentos.
Por la radio supieron del alzamiento del 30 de noviembre en Santiago de Cuba, mientras el Granma viajaba al sur de Isla de Pinos.
El primero de diciembre, recibieron armas y equipos y cuando se acercaban al faro de Cabo Cruz, para buscar el sitio donde para desembarcar, cayó al agua, desde el techo del puente, el expedicionario Roberto Roque, tratando de divisar la luz.
Venimos a liberar a Cuba
La última noche de travesía del Granma, tras una prolongada búsqueda encontraron a Roberto Roque. Fidel había dado la orden de buscarlo cuando dijo: ¡No podemos perder un hombre así, de ninguna manera!.
Al amanecer, encallaron en el fango a dos kilómetros de la playa Las Coloradas y con las primeras luces comenzó el desembarco en una ciénaga, que se extendía a lo lejos.
Los hombres tuvieron que enfrentarse no sólo a las aguas estancadas y pestilentes, sino también al fango, el filo de las hojas, las raíces del mangle y las espinas, además de la lluvia de jejenes y mosquitos, que los azotaba sin descanso.
El grupo encontró a un campesino, que venía nervioso y aprensivo. Entonces, el jefe expedicionario se acercó y le dijo: “No tenga miedo, yo soy Fidel Castro. Estos hombres y yo, venimos a liberar a Cuba”.
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