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Fútbol: la más extendida religión

Con masas enfebrecidas de fieles en más de 200 países, el fútbol se ha convertido en el deporte más seguido del planeta.

Por eso, cada cuatro años el mundo prácticamente se detiene y, como pasa por estos días, muchos ponen la vida en función de la andadura de su equipo favorito.


Mientras en Mogadiscio un grupo fundamentalista castiga con la muerte a quienes sorprendan viendo los partidos mundialistas y así y todo la gente se arriesga, las tribunas de los estadios sudafricanos son una variopinta vitrina de nacionalidades.

Desde blanquísimos suizos impertérritos hasta disciplinados norcoreanos vestidos todos iguales, pasando por latinos y africanos alborotadores con vuvuzelas en mano, todos viven a su manera una fiesta que los iguala. Y es que el fútbol no conoce de fronteras, razas o nacionalidades: se vive con la misma pasión en todas partes.

Deporte universal

Ochenta años después del primer Mundial, el fútbol se rasca la cabeza, mira a las nubes y se pregunta las razones de su fabulosa universalidad. A contestar esas preguntas se han dedicado filósofos, antropólogos, economistas y hasta adivinadores. Hay cientos de teorías pero nadie ha podido explicarse como ha sido ese viaje del placer al deber.

El fútbol ha ganado tantos adeptos que, según estimaciones de la FIFA, la audiencia acumulada de este Mundial rondará los 26 mil millones de telespectadores en 210 países.

Y el interés es tan grande que los partidos se transmiten a un número mayor de naciones que las 208 que conforman hoy la Federación Internacional.

Casi nadie en el planeta está ajeno a este suceso deportivo que para muchos recibe más atención que los Juegos Olímpicos, el más grande y antiguo evento competitivo mundial.

Fútbol para todos

Sólo siete países han podido ganar al menos un Mundial de Fútbol. Tal vez el morbo de ese elitismo sea lo que le aporte tanta atracción a un deporte sencillo, de poco más de una decena de reglas, y tan barato que sólo necesita de un balón.

La pelota, esa esfera simple que todos patean, es el nexo secreto que une a millones de personas en las cuatro esquinas del planeta.

De las ardientes sabanas africanas a los gélidos hielos del Ártico, de las secas arenas del Sáhara a las húmedas playas del Caribe, en cualquier remoto rincón siempre habrá un chiquillo descalzo que se cree Maradona o Pelé aunque crezca y muera después sin ser conocido más allá de su aldea.

Ellos nolo saben, pero con cada jugada los niños reproducen un rito centenario cuyo único dogma es el gol. Porque el fútbol es hoy, sin discusión, la más extendida de las religiones.

 




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