La larga historia contra el dolor
La Habana, Cuba.- Si tomamos como referencia a Eva como la primera mujer en parir, fue ella entonces quien inició la historia del dolor humano.
Tras el primer golpe; herida provocada por un animal; una caída y los huesos rotos, provocaban dolores que seguro tenían para el hombre primitivo una explicación.
Pero cuando tomaron conciencia de que había males sin origen aparente, salidos del propio cuerpo, comenzó la confusión. El dolor fue satanizado, llevado a dibujos en forma de aves de pico largo, gusanos que roían, animales con garras, humanos con rostros demoníacos que atormentaban al cuerpo, lo debilitaban y provocaban su muerte.
Imágenes grabadas en papiros, cuevas, rocas, muestran rituales para expulsar del cuerpo a invasores malignos. Para proteger a los sanos, dedicaban ofrendas a los dioses, colgaban amuletos en sus orejas, manecillas en los brazos o prendían fuego con yerbas.
Hurgando en las plantas
Fue el largo tiempo de los conjuros, de los magos y alquimistas, esos que de algún modo se las ingeniaron para mitigar las torturas del cuerpo y que a fuerza de probar, consiguieron éxito con pócimas sacadas de flores, tallos o raíces.
Comenzaba sin que ellos lo supieran, la era de los narcóticos. Se destacaron en esos tiempos las mujeres, quienes seguramente por estar más pegadas a la tierra y atender las cosechas que daban el pan, detectaron el beneficio de las plantas curativas y se convirtieron en las sanadoras del clan, pero un cambio de posición social las hundió a la categoría de brujas y muchas en la Edad Media fueron a parar a las hogueras.
El dolor seguía reinando y los tormentos del cuerpo —los justificables y los inexplicables— seguían allí y contra la cuchilla del cirujano no valía otra cosa que soportar estoicamente. Hasta que llegó muy lentamente un poco de luz.
Padre de la anestesia
De un hombre nacido en 1493 en Suiza, y conocido como Paracelso, salió la idea de usar elementos de origen químico y natural para mitigar el dolor. Él abrió el camino para que la larga lucha contra el dolor navegara por rumbos más científicos.
Este médico errante que viajó desde Escandinavia al Oriente Medio, aprendió de ancianas, marineros y agricultores; exploró "los tres reinos de la naturaleza": animal, vegetal y mineral, hasta dar con una solución de ácido sulfúrico y alcohol de cuyos vapores salió el "fluido blanco".
Ya este elíxir, al que llamó "vitriolo", había sido descubierto 200 años antes por otro investigador, Raimundo Lulio, pero Paracelso lo aplicó en pollos y comprobó que los animales caían en un sueño profundo y despertaban sin daño alguno: era un anestésico que hoy se conoce como éter sulfúrico.
Largo camino
Si el mundo sabe de Paracelso fue gracias a otro grande, el joven investigador Valerio Cordus, quien anotaba los resultados propios y los de su maestro, que al morir en 1541, no lo hizo en el anonimato, pero sin saborear el orgullo de saber que fue de algún modo el padre de la anestesia.
La obra de Paracelso sorprendió a los científicos cuando un año después Cordus presentó sus méritos y pidió que en aras del bien de la humanidad, la obra fuera comprada.
Una comisión de ilustres le pagó 100 ducados de oro por unos apuntes que ya valían una fortuna. Pero el vitriolo dulce durmió en el olvido 100 años más, hasta que Isaac Newton y los químicos Gosfrey y Boyle intentaron revivirlo, sin éxito.
El boticario alemán Frobenius exhumó en 1792 al ahora llamado éter, que tuvo que esperar otro medio siglo para que se viera en él al anestésico que es.
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