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La Habana nos pone a prueba

La Habana.-  Ya lleva 491 años a cuestas. No son tantos, si se le compara con otras. Crónicas antiguas ubican un primer asentamiento en un paraje de la costa sur del occidente de la Isla, allá por mil 514, pero los propios conquistadores españoles se arrepienten de su decisión.

Cuentan que el terreno pantanoso, la plaga de mosquitos, la infertilidad de las tierras y la inexistencia de oro en los ríos, empujan a los recién estrenados colonos a ir en busca de un mejor lugar.

Y éste se halla en la costa norte, junto a la desembocadura del río Casiguaguas o Almendares. Al menos parece serlo, hasta que alguien repara en la bahía, amplia y protegida.

Después de tantas andanzas, nace al fin la villa de San Cristóbal de La Habana, inscrita definitivamente el dieciséis de noviembre de mil 519.

Punto de partida

Una frondosa ceiba sirve de cobijo al ceremonial que oficializa el surgimiento de una villa más en la hermosa tierra descubierta para España por Cristóbal Colón, el intrépido marino genovés. El primer Cabildo se reúne, y se oficia la primera misa.

odo está por hacer. Es apenas el punto de partida. San Cristóbal de La Habana inicia su proceso de metamorfosis, hasta transformarse en la ciudad principal del país.

Ésa que celebra ahora cuatrocientos noventa y un años de fundada en su definitivo asentamiento, y lo hace sin ínfulas de gran metrópoli.

Le basta con saber que cuenta con suficientes encantos, que se reconocen en sus rasgos arquitectónicos, en su luminosidad, en su abolengo, en su historia y en su gente acogedora. Que para cautivar NO necesita ser remedo de otras ciudades, sino preservar la atmósfera que la distingue.

Siempre en deuda

Cada dieciséis de noviembre cientos de personas –siguiendo la tradición- llegan hasta el Templete, junto a la Plaza de Armas, para darle tres vueltas a la ceiba evocadora del momento fundacional y –sin dejar de tocar su tronco- pedir por la buenaventura.

Tal vez muchos lo hagan por la propia ciudad. Para que su centro histórico continúe con su impresionante obra de renacimiento. Para que la fisonomía de la capital, en su conjunto, siga incorporando elementos que acentúen su propia personalidad, y encuentren remedio los achaques que hoy la aquejan.

Para que cada ciudadano se sienta más apegado a ella, la cuide como merece y le guarde apasionada fidelidad. Todos tenemos que legar una Habana próspera y hermosa.

Por eso pone a prueba la capacidad de sus hijos naturales y adoptivos, para amarla.




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