El amor en la era de Internet
Refiriéndose a los que practican el matrimonio abierto, el intercambio de parejas, el sexo en grupos, y todas esas aberraciones de promiscuidad fornicadora que pueden transformar un dúo en cuarteto y en orquesta sinfónica, un HEDONISTA aseguraba que los tales son individuos muy civilizados...
¿Civilizados? ¿Adelantados? ¿Modernos?... Si por refocilarse con Juana, con la hermana y con toda la manzana un sujeto es más civilizado, preferible es regresar a la edad oscura de las herejías, porque en tiempos del SIDA la promiscuidad equivale a ser condenado a la hoguera por voluntad suicida, sin Inquisición.
Lejos de ser civilizadas, las prácticas sexuales fuera de la pareja son hábitos primitivos propios de las cavernas, cuando los nómadas proto-humanos yacían en manadas, en hordas, y todo era de todos en el clan.
Libertad es la plena capacidad para elegir
La libre selección de la pareja es una conquista de la especie humana desde los tiempos bárbaros en que todo era propiedad del clan, incluso el propio cuerpo, la única pertenencia real de cada individuo. Ni siquiera los siglos que sucedieron a la era rupestre garantizaron esa libertad, y varones y hembras tenían que someterse -muchas veces desde la infancia- a voluntades superiores, ya de los padres, ya de los señores.
Llegar al punto en que cada persona puede decidir a quién juntarse guiándose sólo por la brújula de sus emociones, sin prejuicios patriarcales, económicos, ideológicos, religiosos o sexuales, representa un salto cualitativo en la evolución de la sociedad humana. Renunciar a la pareja exclusiva de la cual disfrutar física y espiritualmente sin medida, más que un paso atrás representa un retroceso de milenios.
Fuente de juventud eterna
Conservaré para siempre la imagen de aquella pareja adolescente que embelesada bajo mi balcón, ajenos al sol que los iluminaba y al asombrado tráfago mañanero, apenas tocándose los brazos rozaban muy suavemente sus mejillas en una caricia perceptible para quien los contemplara. Eran dueños del mundo, porque el universo se había circunscrito al mínimo espacio en que ellos se pertenecían, y eran el retrato más envidiable de la juventud y del amor.
En mi recuerdo pervivirán con todas esas remembranzas que se resisten a envejecer, memorias enraizadas de los seres amados que nos hacen creer que somos siempre jóvenes, pues de tan vívidas parece que ocurrieron apenas ayer. Son las memorias del amor, la verdadera fuente de la eterna juventud.
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