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Evocacion por los ocho inocentes

alt altLa Habana.- Tenían solo de dieciséis a veintiún años de edad cuando fueron fusilados, bajo una falsa imputación, en la explanada de La Punta, el veintisiete de noviembre de mil ochocientos setenta y uno. La injusticia estremeció al mundo.

La prensa de aquellos días condenó el brutal asesinato, calificado por de New York Herald como “El crimen más atroz de la época”.

Fermín Valdés Domínguez, uno de los estudiantes juzgados, escribió a propósito.”Era el veintidós de noviembre, a las tres de la tarde, los alumnos del primer año de Medicina y los que, como oyentes o curiosos, asistían a las cátedras, esperaban reunidos en el anfiteatro anatómico conocido por San Dionisio, la llegada del catedrático”.

Mas éste realizaba un examen y el grupo se dispuso a dejar pasar el tiempo.

Pretexto para el crimen

El anfiteatro anatómico estaba contiguo al cementerio de Espada y allí, en la espera, Anacleto Bermúdez, Ángel Laborde, Pascual Rodríguez y José de Marcos se subieron al carro donde conducían los cadáveres destinados a la disección y se pasearon por la plaza.

Amonestados severamente por un digno sacerdote, se disculparon por la mal buscada diversión. Alonso Álvarez de la Campa, un niño de dieciséis años, tomó una flor del jardín del cementerio y fue también requerido por el sacerdote.

Al día siguiente, el celador del cementerio informo que la tumba del periodista español Gonzalo Castañón había sido rayada y dejaba su sospecha de que hubieran sido los estudiantes los profanadores.

Casi todos los integrantes del primer año de la carrera fueron condenados y la causa se radicó por infidencia.

Ante la tumba inolvidable

La ira desbordada de los fanatizados voluntarios, integristas recalcitrantes que exigían escarmientos, llevó a juzgar por segunda vez en Consejo de Guerra a los estudiantes.

Hostilizados por los Voluntarios (milicia paramilitar), la justicia colonial elevó de cinco a ocho la cifra de los condenados a muerte. Tres de los jóvenes fueron elegidos por sorteo: Carlos de la Torre, Eladio González y Carlos Verdugo. Otros treinta y uno recibieron sanciones de cuatro a seis años de privación de libertad.

Un español, el capitán Federico Capdevila, defendió con honor a los encartados en su condición de abogado, al igual que Nicolás de Estévanez, quien en señal de condena rompió su espada.

De dos en dos, de rodillas y de espaldas fueron fusilados los Ocho Estudiantes de Medicina. Todos se alzan hoy, inolvidables, en la memoria de la Patria.




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