Lo mejor de lo humano
Si alcanzas a mirar a través de los ojos de esa mujer que aún va siguiéndote los pasos, te verás a ti mismo cuando duermes las fiebres que sudaste, o degustando confiado las comidas que ella adereza para ti.
Si logras penetrar en el alma de esa mujer que envejece entre achaques con orgullo callado, te hallarás a ti mismo en el centro seguro y confortable, a la sombra de su devoción y su vigilia, custodiado por el sobresalto y el amor.
Si llegas a adentrarte en el corazón de esa mujer que apuntala tu casa y abona tus raíces, sabrás que eres el pulso y el latido que fue hinchando sus venas hasta el dolor y la alegría de una maternidad que nunca acaba.
Por eso en el instante del reproche pueril, en el momento en que comprender es más sabio que aparentar olvidos o indulgencias, recuerda que ella encarna lo mejor de lo humano.
La misión de fundar
La mujer que da vida inaugura caminos. Su deber es fundar, y fundando aprende que alumbrar no es echar cuerpos a la tierra, sino dar luz al pensamiento como a los ojos, tanta robustez al espíritu como a las espaldas, tanto argumento a la voz como a los brazos.
La maternidad le enseña que henchir el alma es más necesario que atiborrar la tripa: por eso cuando a ella no le alcance su propia claridad, el amor la guiará hasta aquellos que ven mejor y saben cómo ayudarla a cumplir su tarea. Porque la madre debe educar hijos capaces de vencer la hostilidad del mundo, trasmitirles inteligencia y energía para que engendren a su vez otras mujeres y otros hombres que luzcan como prenda el orgullo de ser ellos mismos; educarlos para fundadores y para héroes.
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