Venganza con la Revolución cubana
La Habana.- Nélside Rivero tenía 15 años, cuando el 13 de abril de 1961 fue testigo del sabotaje a la Tienda por Departamentos El Encanto, en La Habana. Explica que iba por la calle Galiano rumbo al malecón, por la acera de enfrente del lujoso establecimiento, y a tres cuadras de distanciaba de allí vio una aglomeración de personas en la entrada de El Encanto.
Ella, y dos compañeras que la acompañaban, observaron un humo negro muy denso que salía de la tienda.
“Fue muy rápido todo –precisa- y no dio tiempo a casi nada, ya que el fuego se propagó velozmente por el edificio.
Inmediatamente, bomberos, policías, militares y pueblo en general se ubicaron en el lugar porque aún había empleados dentro. Eso ocurrió sobre las siete de la noche. Se supo enseguida que detrás de esos hechos estaba el imperialismo y su sed de venganza por la Revolución.”
El pueblo: principal víctima del terrorismo
Recuerda Nélside Rivero que se asustaron mucho sus compañeritas y ella, y se quedaron paradas a tres cuadras del incendio de la tienda El Encanto, cuando se hacían esfuerzos por contener aquel fuego inmenso acompañado de explosiones, como si hubiera un ataque.
Explica que luego supo en detalles lo del sabotaje y sintió mucho dolor porque vio pasar automóviles con personas heridas y quemadas.
Refiere que ella, con apenas quince años, no se percató bien de la magnitud de ese acto terrorista orquestado por el gobierno de Estados Unidos y sus lacayos.
Hoy, con 65 años de edad, afirma que desde que tiene uso de razón ha vivido y sufrido con los múltiples actos terroristas que ha padecido el pueblo cubano.
Basta ya de hostilidad yanqui
Refiere Nélside Rivero que tiene amigas que han sufrido la pérdida de seres queridos por actos terroristas, perpetrados por asesinos a sueldos del imperio.
“Estados Unidos –puntualiza- se ha convertido en el gendarme mundial que interviene, ataca y asesina a quien le estorba, y en los últimos años ha arreciado esa política. Por eso tenemos tanta razón en mantener nuestra denuncia de las atrocidades que cometen los imperialistas.”
Asevera que los jóvenes, que han sido fuerza protagonista de las victorias de la Revolución, hoy están más convencidos que nunca en defender nuestras conquistas. Y concluye:
“La mayor desvergüenza del imperio es que acoge a criminales como Posada Carriles y otros asesinos, y se autoproclama paladín de los derechos humanos.”
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