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Escrito por Cosset Lazo Pérez
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Martes, 13 de Julio de 2010 11:29 |
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Mauricio se para en las mañanas frente al balcón de Julia para recoger la libreta e ir a buscar el pan. Ellos son hermanos y comparten, entre otras cosas, las labores domésticas.Cada mañana el hombre grita sin cesar hasta que se asoma la blanca cabellera de la hermana, y esta, con otro chillido más ensordecedor le anuncia: “voy viejo, espera tranquilo ahí abajo”. En el apartamento del lado viven Tania y Jorge, dos jóvenes que acaban de ser padres y que sufren cada día el llanto de su bebé que se despierta sobresaltado ante tales alaridos.
¿Qué hacer ante tal circunstancia? ¿Acaso la tolerancia no tiene límites? Esta es una difícil situación que puede ser resuelta con educación, mediante un diálogo de reflexión con Mauricio y Julia. Pero… ¿cómo hacerlo?.
Cuidado con las palabras
Cada intercambio fuerte de criterios trae riesgos, como por ejemplo la aceleración del ritmo cardiaco y la descompensación de la presión arterial. Eso sin analizar cuánto daño emocional pueden ocasionar las expresiones de otros. Les cuento que, a través de un diálogo ameno y pausado, Tania y Jorge conversaron con sus vecinos. Expusieron sus razones y les explicaron los trastornos del sueño que sufría su bebé a causa de los gritos de ambos. Mauricio y Julia se disculparon con los jóvenes y desde ese día velaron incansablemente por el sueño del recién nacido. Conducirse con educación, hablar en voz baja y utilizar en la plática diaria palabras mágicas como “por favor” y “permiso” permiten que la convivencia sea más placentera. |