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Las edades del idioma

Así como los hablantes de una misma comunidad lingüística distinguen sus nacionalidades por la apropiación que hacen del idioma, de igual modo en una sola nación cada territorio se diferencia por las peculiaridades de su habla.
Se reconocen los profesionales por su jerga, y los individuos de condición social semejante se comunican mediante códigos propios de su estrato, y hasta es posible fijar normas particulares de cada sexo.

Así también cada nueva generación busca diferenciarse de aquellas que las antecedieron, no por un festinado propósito de discrepar de sus mayores, sino por la necesidad de fijar su distinción. Esa es una de las causas de la evolución de las lenguas, de que el español que hoy hablamos no sea aquel con que se escribió el Poema de Mío Cid, o La Celestina, o la más cercana Cecilia Valdés.

EL ORDEN DEL ADJETIVO Y EL SIGNIFICADO

Aunque en lengua española la colocación del adjetivo se aviene con la fórmula matemática según la cual el orden de los factores no altera el producto, a menudo tropezamos con casos en que no se cumple ese postulado, como sucede con las parejas

LA PERDIDA JUVENTUD y LA JUVENTUD PERDIDA

En el primer sintagma, con el adjetivo antepuesto, si el hablante no se refiere al natural envejecimiento que sufrimos todos, si no designa sólo a un sector descarriado de la población juvenil, entonces alude al desperdicio de energía, de tiempo y de capacidad para aprender y construir y transformar, que son prerrogativas de los jóvenes.

Para garantizar una interpretación exacta en este caso, casi siempre el que habla prefiere hablar de: LA PÉRDIDA DE LA JUVENTUD.

DIME CON QUIÉN HABLAS

Que hoy los jóvenes se llamen ASERE unos a otros o que todo (desde una prenda de vestir a un plato de comida) lo evalúen como MORTAL o VOLAO, no es tan inquietante. Lo que debe preocuparnos es la agobiante miseria léxica reveladora de carencias culturales que resultan de menospreciar la lectura y de exaltar la banalidad.

Lo preocupante es la paupérrima educación que desdeña valores formales y favorece el descomedimiento, la irreverencia, la vulgaridad, la charlatanería... Lo inquietante es la ostentación de la indecencia, el culto del pillaje y la trapacería, la duplicada inmoralidad de la doble moral... El joven tratará de parecerse más a su generación por lo que dice que por lo que hace: su modo de hablar será el de sus coetáneos, pero su conducta dependerá de los modelos que seamos capaces de inculcarle.




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