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El tiempo en la espiral

La Habana, Cuba.- Aquel exiguo caserío se llamaba La Fe, como una premonición, y eran 13 los niños y adolescentes que, de miles a lo largo del país, habían llegado a Cueto Tres.

Los nombres de hace 49 años eran comunes y frecuentes: Agustín, Francisco, Héctor, José, Alejandro, Mario, Andrés, Omar, Alberto...

También era común la misión que los había hecho coincidir en Tacámara, en el entonces municipio de Holguín: alfabetizar a Lucía, a Pilar, a Baldomero, a los Verdecia que mayoreaban  por allí.

Habían llegado cantando “Somos las brigadas Conrado Benítez, somos la vanguardia de la Revolución”, mientras en una victrola del pueblo de Báguanos se escuchaba una canción de moda: Nunca sabré cómo tu alma ha encendido mi noche... Ya siempre unidos por siempre mi corazón con tu amor...

Yo sí puedo

Cuarenta y nueve años después, cuando Cuba aspira a ascender hasta esa cultura que hace libres a hombres y mujeres –porque libera de mezquindad y superfluas ambiciones y da más gozo al espíritu mientras se va enriqueciendo de sí mismo-, la Isla tiende a otros pueblos su mano alfabetizadora.

Por toda Cuba otros miles de jóvenes, en un ejército emergente, como antes los brigadistas Conrado Benítez, los maestros Frank País, los profesores Julio Antonio Mella y los del Destacamento Manuel Ascunce, cumplen una misión que continúa aquella de hace 49 años.

Hoy se llaman Yordanis, Yenisei, Yunieski o Alexandra, pero no son diferentes de los que un día en la Plaza mayor demandaron una nueva tarea por hacer.




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