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Parábola de la verdad

El niño de esta historia andaba orondo en su trajecito blanco de marinero con pantalones cortos y estrellas azules. Una nube de talco perfumado y agua de vetiver flotaba tras él como invisible papalote.

La madre lo llevaba de la mano por la acera de las vidrieras pletóricas de mercaderías, y cuando ella entró a curiosear en una tienda de gangas y retazos, el niño del traje marinero se quedó embelesado ante una vitrina de juguetes.

De repente aspiró un hedor cercano, y al volverse halló a un niño pordiosero que lo observaba fijamente. Tenía la mirada triste, el rostro afilado por el hambre, la piel de color indefinible, curtida por el polvo y el Sol.

Iba descalzo, y vestía unos harapos sucios y andrajosos, demasiado grandes para su cuerpo descarnado.

Un niño en el asalto

El protagonista de esta historia es ya un señor de la tercera edad, y asegura que jamás ha olvidado la angustiosa mirada del pequeño mendigo.

Si alguna vez percibe un hedor semejante al del pordiosero, la memoria le devuelve de inmediato esa imagen, porque en aquel momento el de traje marinero y agua de colonia, por humanitario respeto, era incapaz de apartarse para que el de los andrajos no se sintiera repudiado.

Luego reapareció la madre y tomó de la mano a su hijo oloroso a vetiver y se alejaron; pero todavía hoy el de traje blanco y estrellas azules se pregunta si el pequeño indigente fue real o una visión que lo ponía a prueba.

De algo está seguro: la angustia de aquel niño daba ímpetu a los que días después asaltaron el Cuartel Moncada.




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