El hombre, máximo depredador
La Habana.- Un anciano nonagenario, predicador de los que nunca faltan, había profetizado el fin del mundo para las seis de la tarde del pasado veintiuno de mayo.
Muchos de sus incautos seguidores, sobre todo estadounidenses, se aprestaron a seguir las instrucciones del apocalíptico adivino con la esperanza de contarse entre los que se salvarían de la hecatombe.
Sin embargo, aquí estamos. No obstante, aunque se ignora el día y la hora exacta en que sucederá, sabemos que el tiempo de la humanidad cesará un día, al menos en este planeta.
Lo terrible es saber que el propio hombre –la criatura que se supone el escalón más alto de las especies terrestres- inconforme con el paraíso que la naturaleza le ha deparado, está precipitando la última catástrofe.
El gran salto
Como nada es perfecto aunque se atribuya a la Perfección, el hombre, dotado de inteligencia, también fue investido de egoísmo, codicia... y holgazanería, por obra y gracia de una tal Pandora.
Así que, cansado de mover el brazo para echarse fresco, esclavizó a otro que lo abanicara, luego inventó el ventilador y lo mejoró con el aire acondicionado.
Para dar ese salto, taló bosques, desvió ríos, derribó montañas, cavó pozos petrolíferos, y ahora salta al espacio en busca de fuentes energéticas, hasta que todo salte.
Nosotros heredamos la insatisfacción y la irracionalidad, y seguimos derrochando lo que queda y contaminando lo que tocamos, porque al parecer nuestra condena es no poder regresar al tiempo en que movíamos el brazo para abanicarnos. Y seguimos saltando al vacío.
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