Las dulces trampas de la memoria
Luis Mayeta Vera sabe esto, porque no ha olvidado que las primeras palabras que aprendió en inglés fue la frase CHU CHÁIN, cuando con ocho años se iba con su cajoncito de limpiabotas a seducir yanquis para lustrarles los zapatos en los alrededores de los prostíbulos santiagueros. Hasta la adolescencia se ganó la vida como pudo: vendiendo naranjas, tamales, duro-frío o turrones, y recogiendo café, para buscarse los centavos que respaldaran el cotidiano invariable menú de cada día, que completaba reclamando la misma ñapa: ajo, cebolla y sal por la mañana; ají, culantro y perejil por la tarde.
Entre bandidos
Ocho años tenía Luis Mayeta Vera cuando el Moncada fue asaltado. En esa época él andaba con su cajón de limpiabotas por Santiago de Cuba.
Aprendió a leer y escribir en un colegio de barrio por diez centavos semanales, y para poder matricular tercer grado en una escuela pública tuvo que someterse a pruebas de ingreso de Matemática y Español.
Entonces vino la Revolución, y las Patrullas Juveniles, y los Exploradores Nacionales Revolucionarios, y la Campaña de Alfabetización, y Luis Mayeta, que ya para entonces vivía en La Habana, pidió que lo enviaran al Escambray, para estar en la zona donde los bandidos alzados intentaban minar el destino del país.
Pero en la montañosa región no sólo había campesinos que enseñar, sino también milicianos analfabetos.
Estudiar, otra manera de combatir
Ante su foto de adolescente que blande una metralleta, Luis Mayeta Vera evoca los días del cuartel de El Algarrobo, en el Escambray, de donde intentaron evacuarlo por los peligros que representaban los alzados para los alfabetizadores.
Luis rechazó esa solución, porque veía a los muchachos que combatían en la Lucha Contra Bandidos, tanto o más jóvenes que él.
Luego, ante el mandato de estudiar que les diera Fidel al concluir en diciembre la Campaña de Alfabetización, Luis Mayeta fue de los primeros en cumplir la orden: en enero ya estaba becado.
Después vendría su largo servicio en el Ministerio del Interior, donde se mantuvo hasta la jubilación. Muy atrás, aunque grabado en la memoria, quedaba su cajón de limpiabotas.
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