Una Revolución en serio
La Habana, Cuba.- Cuando los jóvenes y adolescentes que habían conquistado el mérito de erradicar de Cuba el analfabetismo corrieron por la Plaza de la Revolución para encontrarse con el inspirador de la Campaña que acababa de engrandecerlos, iban impulsados por una demanda: ¡Fidel, dinos qué otra cosa tenemos que hacer!...
Tal reclamo era un símbolo de los tiempos que entonces se iniciaban: ya no eran aquellos que oponían la frente a las balas y la porra policiaca, sino los que venían a exigir otra tarea que les diera plenitud de deberes, porque consideraban alcanzados sus derechos.
Mil novecientos sesenta y uno había sido un año de glorias definitivas: se proclamó el carácter socialista de la Revolución pocas horas antes de derrotar una invasión mercenaria, para reiterarle a Washington que la cosa iba en serio.
Mucho que hacer
Los jóvenes que el veintidós de diciembre de 1961 coreaban en la Plaza de la Revolución “¡Fidel, Fidel: dinos qué otra cosa tenemos que hacer!”, acababan de protagonizar una hazaña que sólo era viable en un país que radicalizaba su Revolución.
Pertenecían a la Generación del miliciano que, luego de ser herido por la metralla que preludiaba la invasión de Girón, escribió con su sangre en la pared el nombre de su líder.
Ese gesto de Eduardo García Delgado era, además de confirmación de su lealtad, un recordatorio para todos los tiempos del que daba la vida con la confianza de que sus ideales nunca serían traicionados.
Con ese gesto parecía estar reclamando también otra tarea, porque él es de los muertos que todavía tienen mucho que hacer. Alberto Ajón.
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