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Madre, fuente de héroes

¿Y de qué fibra es la armazón de esas mujeres que entregan a sus hijos a la patria con una sonrisa que les oculta el íntimo dolor? ¿Qué sustancia las forja, qué mármol y qué acero les labra el corazón para que nadie les vea la lágrima ni les descubra la amargura? Acaso las alienta el respeto a la dignidad de sus hijos heroicos que no admiten flaqueza alrededor, que no consienten que se les lastime con inútil reproche el orgullo de ser útiles. Acaso son ellas mismas la fuente de esa hidalguía del carácter, de esa firmeza del ideal, de esa conciencia del deber que se ha de cumplir.

Y en ellas, como en pechos de apacibles leonas, bebieron los hijos su heroísmo; y en la aparente mansedumbre de esas madres, en su proclamada ternura, aprendieron los bravos su estoicismo. No hay obra grandiosa de hombre sin grandeza de mujer.

La raíz amorosa

Parecería una insoluble paradoja suponer que viene de la madre la fiereza del hijo, el odio que lo impulsa a la pelea. Pero es precisamente el amor a los suyos lo que vibra en el alma de héroes y heroínas que salen a pelear para que se les respete la casa y la familia. Quien no aprende a amar guiado por el afecto palpable de quienes lo guiaron por la vida, no expresará su amor de esa manera febril que saca la valentía de donde permanece invisible, y que levanta el coraje de defender lo más querido cuando se lo maltratan. Esa es la naturaleza de los bravos reales, de los hombres y mujeres comunes que un día se yerguen a la singularidad del heroísmo impulsados por el odio que definiera el adolescente José Martí: El amor, madre, a la patria, es el odio invencible a quien la oprime, es el rencor eterno a quien la ataca.

 




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