Un incondicional en todas circunstancias
Cuando los enfados del transporte me disuaden de un día de playa o de visitar a mi hermana allá en su campo, cuando el sol me tritura en un brasero la necesidad de veranear, y el cine y el teatro no son bastante tentación para retar el calor de la muchedumbre amontonada, hay un amigo que espera en íntima quietud: el libro.
Ninguno como él para hacerme más fuerte y saludable y dichoso por cuanto aporta al regocijo de mi imaginación, a mi saber del mundo, a mi conocimiento de los demás y de mí mismo.
El libro va conmigo adonde yo lo lleve, y a cualquier hora volverá a hablarme en ese punto en que retome el tema: Hamlet estará monologando acerca del cumplimiento del deber, el Quijote seguirá desafiando a los gigantes de viento, la familia Buendía se tejerá de nuevo en los entresijos de CIEN años de soledad...
Un libro en el verano
Generosos y pacientes, sobre el librero aguardan por mi tiempo unos ensayos de Alejo Carpentier sobre teoría literaria, los Tratados en La Habana de Lezama Lima, unos cuentos de Alberto Garrandés, Rogelio Riverón, Gina Picart y el argentino Félix Bombarolo, los sonetos seleccionados por Pedro Simón, un texto sobre las intimidades de Napoleón, otro del británico Antoni Kapcia en solidaridad con la Revolución...
Si el tiempo es oro, un libro es siempre compañero recomendable por cuanto aporta sin pedir nada a cambio más que un poco de tiempo que se nos retribuirá con riqueza mayor.
No bronceará la piel ni dará al músculo dureza o flexibilidad, pero este amigo hará que alcancemos los límites del universo y rebasemos los inmedibles confines de nuestro propio cerebro.
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