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Mujeres al borde de la edad media

Hace apenas tres lustros, que no son más que quince años, el siglo veintiuno se nos antojaba una aventura de vuelos espaciales y deslumbrantes artilugios tecnológicos que harían más llevadera y confortable la existencia.

Sin embargo, aparte de invenciones con que la industria bélica habría horrorizado a Julio Verne, la sociedad humana parece tropezar aún por los sombríos pasadizos de la Edad Media, cuando la espada, la superstición y los fueros monárquicos imponían la norma y la horma.

Entre las paradojas de esta época sobresalen las que cercan aún a la mujer cubana, pues mientras por un lado está lista para ascender a las estrellas, por otra parte no rebasa ciertos límites de sometimiento medieval.

Eso se comprueba en sus frenos para incorporarse al trabajo socialmente productivo.

MÉRITOS SOBRAN

Predominante en la ciencia, la salud, la pedagogía, y en la gastronomía, la administración pública y el periodismo, sectores desde los cuales forma, informa y conforma, la mujer cubana no ha impuesto aún su plenitud en la vida nacional.

Es inaudito que habiendo demostrado talento y perseverancia en ocupaciones laborales fuera del hogar, siga enyugada a faenas domésticas sin auxilio familiar, o vea pulverizada su autoestima por vejaciones de varón.

Si hace medio siglo las cubanas sobrepasaban raramente la instrucción primaria y por causas económicas eran sometidas bajo contrato matrimonial a despóticos lazos, ¿por qué hoy muchas prefieren permanecer atadas a la rutina de los quehaceres domésticos en lugar de abrirse paso con su inteligencia y energía? ¿Acaso hemos eliminado los obstáculos que le impiden crecer?.

EN LA VANGUARDIA

Cuando se les pregunta por qué han quedado relegadas a las tareas hogareñas, la mayoría de las amas de casa habaneras responden que aunque el marido colabore, las enfermedades de los hijos, de los ancianos de la familia y del propio esposo, van a la cuenta de ellas.

Todavía la costumbre impone que, aunque la mujer pueda devengar un salario más alto que su compañero, es a él a quien corresponde traer un sueldo a casa cuando por cualquier circunstancia un miembro de la pareja deba permanecer en el hogar.

“Los hombres -dice una de ellas- se jactan de ser mejores cocineros en restaurantes y cafeterías, pero en casi todas las casas hay una cocinera, que además es lavandera, enfermera y encargada de limpieza”. Y añade convencida: “En realidad no estamos relegadas, sino en la delantera”.

LA COSA ES AQUÍ Y AHORA

El problema de la incorporación de la mujer al trabajo gira en un círculo aparentemente insoluble: ellas son indispensables en la casa y también requeridas por la sociedad.
Son parte de un dilema que ellas mismas tienen que resolver, como fuerza potencialmente dinámica y activa en el desarrollo del país.

A la vez son insustituibles como madres, irreemplazables en la crianza y formación de los hijos, necesarias en el cuidado de los desvalidos de la casa, y multiplicadas en el sostenimiento del hogar.

Algunas mujeres alegan, además, que las ofertas de salario no son tentadoras e, incluso, aún quedan maridos celosos que las quieren puertas adentro. Sean cuales sean las causas, la solución es asunto de ellas, de sus compañeros, de todos.  ¡Pero ahora mismo!.

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