Un fenómeno viejo con ropas nuevas
Aunque los índices de desempleo son casi nulos en Cuba, históricamente ha habido un sector de la sociedad que no trabaja a pesar de tener posibilidades de ocupación, aptitudes físicas y hasta preparación técnica.
“Ese es un fenómeno anterior al Período Especial”, asegura el director del Centro de Estudios de Población y Desarrollo, Juan Carlos Alfonso. El experto, un sociólogo devenido experimentado demógrafo, recuerda que ya en los años setenta hubo que aplicar la llamada Ley de la Vagancia.
Aquella era una legislación que castigaba duro a quienes no trabajaban y se aplicó en un momento en que el país pugnaba por desarrollar a plenitud sus capacidades productivas. En esa época, cuando la industrialización tomaba impulso, hacían falta, como ahora, todos los brazos para la nueva sociedad.
¿DESOCUPACIÓN O INDISCIPLINA?
La impresión que dan las calles cubanas, en cualquier momento de un día cualquiera, es que nadie trabaja.
Hay miles de personas en horario laboral haciendo gestiones, recorriendo tiendas y hasta paseando. Pero cuando se hunde el bisturí sobre la superficie de esa impresión, se descubre que más que desocupación hay una lamentablemente enraizada y negativa indisciplina laboral.
La mayoría de quienes vemos en las calles sin trabajar, tienen empleo, pero, por múltiples causas, incumplen los horarios o abandonan sus puestos.
A eso hay que sumar que hay un grupo muy grande de mujeres, mayores de catorce años, que son amas de casas y por ende no están empleadas en la economía estatal con lo que dejan de ser socialmente productivas. Entonces, no es real la imagen que vemos y eso complica el análisis sociológico del problema.
OTRA PERCEPCIÓN
Para muchos, hoy hay más cubanos sin trabajar por propia voluntad, pero el demógrafo Juan Carlos Alfonso explica que las partidas actuales son similares a las del Censo del ochenta y uno. “Lo que sucede, apunta, es que la actual situación demográfica del país es diferente”. Alfonso dice que el inexorable proceso de envejecimiento de la sociedad, con la consiguiente disminución de la fuerza laboral, incide sobre la percepción del problema.
No obstante, el director del Centro de Estudios de Población y Desarrollo subraya que “vivimos en una sociedad que beneficia a todos por igual y es moralmente repudiable vivir como un parásito, sin hacer un aporte productivo”. Esa desocupación voluntaria es un viejo fenómeno ético que hoy hay que combatir, aunque se disfrace con ropas nuevas.
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