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Un calor que no se apaga

La Habana, Cuba.- El fin de la temporada veraniega en Cuba es un convencionalismo impuesto por la tradición, puesto que -como pregona el lema turístico- la isla es un eterno verano.

Septiembre sigue siendo en estas latitudes un mes muy caluroso, y con frecuencia llegamos al año nuevo sin haber puesto a orear los abrigos y frazadas.

 

Un acontecimiento social, más que una variación atmosférica introduce en esta fecha cambios perceptibles en la vida de los cubanos: el inicio del curso escolar, lo que supone actividades nuevas para todos en la familia y no sólo para los estudiantes.

La reanudación de las clases debe venir acompañada del propósito de enmendar los errores del período anterior y hacerlo todo mejor, procurando acercarse a la perfección, lo que debe ser objetivo de alumnos, trabajadores docentes y familiares.

La vida sigue, aunque no siga igual

El calor más allá de la clausura oficial del verano es causa de huracanes y ciclones, más frecuentes en octubre y más asoladores como consecuencia del cambio climático; así, junto al nuevo curso escolar queda para los cubanos la vigilancia sobre esos destructivos fenómenos.

La alerta coloca en primer plano a la agricultura, no sólo por los efectos devastadores de viento y torrenciales, sino también por las inaplazables siembras que corresponden a la etapa.

Crecen al mismo tiempo los problemas sanitarios que acarrean el calor y las aguas pútridas, medio y temperatura propicios para la proliferación de plagas y enfermedades.

Por lo tanto, aun cuando queramos creer que ciertamente finalizó el verano, la vida continúa y la faena sigue. Acéptelo: las vacaciones se terminan.




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