A la rueda, rueda
Cuando empezamos a amontonarnos unos sobre otros para sobrepasar las nubes en hacinados rascacielos, aparecieron esas flores de plástico que ahuyentan a los colibríes y no seducen a las abejas.
Y fuimos a sentarnos de noche en el Malecón, de espaldas al mar, admirando el parpadeo del faro y las luces de la ciudad y de los barcos, desoyendo los rumores del agua en el contaminado tráfago urbano, olvidados de aprender la antigua sabiduría de las constelaciones.
Empezamos a consumir alimentos enlatados, sabores artificiales embotellados, todo químicamente procesado, como el agua indispensable para la subsistencia.
Y dotamos a los niños de artilugios de electrónica magia para que, inmersos en la soledad de sus juegos de pantalla, olvidaran las manos de otros niños en la rueda que cantaba girando.
La fuente se rompió
Desde el invento de la rueda nada detendría el desarrollo del hombre, que de espaldas a la naturaleza, como los parroquianos del Malecón habanero, olvidó, con los antibióticos de laboratorio y la medicina sintética, el poder curativo de las plantas.
Ignoró que, siendo él mismo un resultado de la evolución natural, el influjo de la naturaleza sobre su salud es decisivo, y lo mismo que aquellos que, soberbios, querían lograr el cielo con la torre en Babel, va edificando su propia destrucción.
Es tiempo de mirar nuevamente a las estrellas y otear el horizonte, de redescubrir en bosques y ríos los olvidados secretos de la salud humana, de retornar a la higiene mental en la naturaleza, para que -en un delirio de oportunismo político- Nerón no incendie otra vez a Roma superpoblada.
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