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Rubén, el líder natural         

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El 16 de enero de 1933, cuando los trabajadores organizados en la Confederación Nacional Obrera clausuraban aquel evento, Rubén Martínez Villena expelía el último aliento. El hombre de esclarecida voluntad, el poeta y revolucionario de bregar incansable, que prefirió el combate a una vida larga y apacible, había muerto.

Líder natural, como lo llamó su compañero y amigo Raúl Roa, resumió en su persona lo mejor de la primera generación republicana, al decir de Ana Núñez Machín.

El alquizareño, nacido el 20 de diciembre de 1899, se estrenó en la vida pública protagonizando La Protesta de los trece.

Aquella fue la denuncia de 13 jóvenes intelectuales opuestos a la compra del Convento de Santa Clara.

Útil a los demás

Devenido inquieto representante del Comité Pro Libertad de Mella, en los días en que éste permaneció preso, Rubén Martínez Villena estuvo también junto al líder estudiantil en la fundación de la Liga Antiimperialista y de la Federación Anticlerical.

El poeta de viril ternura que vibraba en él, tornó su lírica cada vez más viva y actuante, eligiendo escribir con su labor el mejor de los poemas.

“Prefiero ser útil a los demás, que no a mí mismo”, había dicho Rubén, minado ya por la tuberculosis, y quien fuera el principal organizador y el alma de la primera huelga política de masas que tuvo lugar en Cuba.

Fue el paro del 20 de marzo de 1930 que hizo tambalear al régimen de Machado. Obligado a salir del país, regresó en mayo de 1930, en plena lucha contra Machado.

Siempre su pupila insomne

Rubén Martínez Villena sufrió la persecución y la clausura de la Universidad Popular Obrera. Pasó entonces a la clandestinidad en preparación de la mencionada huelga del 30, fraguada y dirigida por él.

En vísperas de esta pronunció un memorable discurso en el Centro Obrero de La Habana. Desafiante ante la enfermedad y la represión, su arenga conmovió a los presentes. “Decían que ya no habría huelga y hay huelga”, dijo.

Obligado a salir del país para atender su salud, volvió para encabezar la huelga que en agosto de 1933 derrocó a Machado.

Para entonces, la enfermedad minaba sus fuerzas, pero aun así, mantuvo insomne su pupila, entregado a la organización del Congreso de Unidad Sindical, hasta cuya culminación se mantuvo con vida.

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