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No es tan difícil

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El mayor anhelo de los adolescentes es la necesidad de independencia. Les molesta muchísimo que los traten como niños, que no los dejen resolver sus problemas por si solos, les disgusta la sobreprotección y la excesiva tutela.

A pesar de todos los frenos de los mayores, los adolescentes luchan y se revelan en un afán común de alcanzar mayor libertad, esas aspiraciones provocan un sinnúmero de problemas.

Algunos padres se molestan y dicen: “Quiere hacer su  voluntad, no oye consejos de nadie”

Sucede que los adultos desean seguir controlando a los hijos a su manera, sin dejarlos llegar a sus propias conclusiones, sin permitirles que resuelvan solos algunos de sus problemas, con la falsa creencia de que así les evitan contratiempos, obviando que aprendan por experiencia propia.

Escucharlos siempre

Hay que aprender a escuchar a los adolescentes y, también estos deben aprender a oír con atención a los padres, abuelos y a otros familiares; atender sus consejos, tener en cuenta sus conocimientos.

No olvidar que en los mayores hay un caudal de experiencias y que ellos, como jóvenes, bien pueden interiorizarlas, pues en un momento determinado pueden servirles de guía, de orientación.

Los adolescentes deben tener claridad en que la anhelada independencia se va ganando escalonadamente. Es decir, poco a poco se irá avanzado en este camino, a medida que se ganen la confianza de los padres por el comportamiento y por la forma responsable en que sean capaces de actuar.

Si un adolescente logra que le den permiso para salir hasta una hora determinada, debe por todos los medios de llegar a esa hora.

En el justo medio

El adolescente debe demostrar que es confiable, nunca es bueno mentir porque a la corta o a la larga no da buenos resultados.

Algunas muchachas piensan que cuando cumplen los 15 pueden hacer lo que desean sin contar con los padres, lo que motiva fricciones en la familia.

En contraste, al varón de 13 o 14 años lo educan de forma diferente y se le dan mayores libertades, en muchos hogares prima el criterio de que “el hombre es hombre y es de la calle”. Una posición injusta y discriminatoria.

Los adolescentes y jóvenes son temerarios e imprudentes, tienen la mágica percepción de que nunca les pasará nada malo, aparte de que aspiran a hacer o deshacer a su antojo.

El asunto es lograr el entendimiento y que los hijos sepan que con su familia siempre pueden contar.

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