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Martí desde el cine

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Yo pienso, cuando me alegro Como un escolar sencillo, En el canario amarillo- ¡Que tiene el ojo tan negro![1]

Trasladar la personalidad de José Martí al cine es un reto para cualquier realizador. La más reciente producción que se adentró en su vida fue el largometraje, José Martí: el ojo del canario, dirigido por el reconocido cineasta Fernando Pérez.

Nuestra cultura reclamaba y exigía un sitio adecuado dentro de la cinematografía para un hombre de talla universal. Con estas premisas surgió un filme necesario, que si bien está construido a partir de la sensibilidad y subjetividad de su creador, muestra estrechos vínculos con la realidad histórica. Igualmente, percibimos la visión personal del director y guionista de la película, quien refiere:

(…) cuando ya se me fue revelando ese Martí que llegaba, claro, de la investigación, pero también de muchos recuerdos personales, de muchas similitudes de la infancia, fui sintiendo de verdad que Martí iba naciendo de mí. Fui sintiendo que era posible. Por eso digo siempre que es mi Martí.[2]

Como todo individuo José Martí experimentó la duda y el temor, el amor y el desamor, el error y el acierto, la esperanza y los pesares, las virtudes y los defectos, etc. La mayoría de los críticos aseveran que el mérito de la película radica en desmitificarlo y mostrar su humanidad. No creemos que estas afirmaciones estén erradas, para nada, solo nos gustaría señalar que el Martí marmóreo es para quienes no se hayan acercado realmente a su obra y al sentido ejemplar de su vida. Para nosotros no ha estado nunca atrapado en estatuas, sacralizado o ajeno a la realidad donde habitamos. Lo vemos vivo, vigente, humano, solidario y sensible.

José Martí: el ojo del canario

Dos horas aproximadamente no alcanzan para aprehender la insondable e inabarcable personalidad de nuestro Héroe Nacional. Fernando Pérez intensamente conquistado por la impronta que tiene para el individuo la primera formación del Apóstol escogió la etapa de la niñez y la adolescencia para este proyecto cinematográfico.

La película realizada en el 2009 y estrenada en la gran pantalla un año después, nos atrapó a lo largo de sus 120 minutos de duración, entre otras cuestiones, por el período elegido. Reiteramos el acierto de esta selección, sin tener en cuenta los innumerables premios que recibió el filme durante el 32 Festival de Cine de La Habana, sino por el reflejo progresivo de la infancia a la juventud. Es revelador ver en este gradual desarrollo cómo en él influyó el marco familiar y social, con las innumerables contradicciones que son inherentes a este proceso.

Constituye un acierto en el filme la elegante puesta en escena y la reconstrucción de la época, así como el fluido compás narrativo y el discurso cinematográfico que se desplaza entre la poesía y la épica.

Martí es presentado por primera vez a la edad de nueve años, siendo compañero de Fermín Valdés Domínguez. Su maestro lo sorprende durante la consumación de un fraude, mediante el cual pretendía cooperar con alguno de sus condiscípulos. No revela ningún nombre, es castigado corporalmente y después dejado en el patio escolar, de donde pretende infructuosamente escapar. Posteriormente, es golpeado y amenazado por otro alumno para que continúe con el fraude.

Aunque algunos hechos quedan dentro del plano subjetivo, realmente Martí en 1860 comienza a estudiar en el colegio San Anacleto, dirigido por Rafael Sixto Casado y conoce allí a su entrañable amigo, Fermín Valdés. Estos sucesos se encuentran dentro de “Abejas” la primera de las cuatro divisiones de la película, siendo las restantes “Arias”, “Cumpleaños” y “Rejas”. Todas son reminiscencias de la formación documentalística de Fernando Pérez.

En el concierto de esa mirada fílmica resulta nota importante los acontecimientos en la Hanábana, la relación con el esclavo y la proyección hacia los males del comercio negrero. Indudablemente, son escenas bien logradas, movilizadoras de la conciencia y que se proyectan con singular impacto hacia el futuro.

Ante la alegría de lo nuevo, el influjo de la naturaleza y también ante vivencias dolorosas se va forjando su personalidad. Ese mismo niño que en una escena anterior fue avasallado por un condiscípulo, queda impactado por el tratamiento brutal que le dan a los negros. Sabemos que frente al cadáver de un esclavo colgado en el monte, realizó un juramento al que dio cumplimiento cabal.

Igual de atrayente es ver a Martí escribiendo cartas oficiales de su padre. Este aspecto que está comprobado históricamente, demuestra su aplicación como estudiante, su disciplina y su constancia. Dicho empeño constituyen la base para que años después, estudiando con Rafael María de Mendive, sea acreedor de premios y notas sobresalientes.

El momento de más atención fue cuando la magistral soprano Adelina Patti ensaya, mientras van alternándose de forma simultánea, el entierro de su pequeña hermana y la reacción española para desmantelar el comercio de Salustiano. En comunión con la música y la banda sonora, se entremezclan estos hechos, magistralmente construidos.

En la película asistimos a preciosas alusiones al mundo simbólico y tropológico de la poesía martiana. Una de estas conexiones, la percibimos cuando llevan a enterrar a Pilar. En este caso, se yuxtaponen imágenes que conceptualmente remiten a su poema «Los Zapaticos de Rosa». Es impactante observar a una madre con su hijita en brazos y paralelamente, como a trasluz, surgen en nuestra conciencia las estrofas: «Yo tengo una niña enferma/ Que llora en el cuarto obscuro/ Y la traigo al aire puro/ A ver el sol, y a que duerma.»[3]

Con apenas pocos años de vida se percibe la gran afición que sentía Martí por las manifestaciones artísticas. Los servicios que presta a un peluquero, relacionado con diversos actores, le permiten disfrutar tras los bastidores de algunas representaciones. En el filme se destacan estos primeros intereses hacia el arte. Muchos años después, escribe:

(…) artista es el realce del entusiasmo y la grandeza (…) Dícese arte, y siéntese la voluntad encadenada a extraña y poderosa fuerza, y levantada la inspiración, y como cumplida una alegría, y regocijada y agradecida una ventura. Arte es huir de los mezquino, y afirmarse en lo grande, y olvidarse, y enaltecerse, y vivir, porque olvidarlo es la única manera de perdonar al Creador ese don pesado, incomprensible y loco de la vida (…)[4]

El 28 de enero de 1869 Martí arribó a sus dieciséis primaveras. Este hecho sirve de anclaje para el título de la tercera sección: “Cumpleaños”. Han transcurrido cuatro años con respecto a la etapa anterior, y se nos muestra un Pepe adolescente que afianza y defiende sus convicciones patrióticas.

Aunque en la película no se reflejan los años intermedios entre esta parte y la anterior, sabemos que Martí leyó, aprendió y se forjó auspiciado por sus maestros del colegio San Pablo. Esta aseveración no estriba por la sola presencia de Mendive, fundador y director de la escuela, sino por otros muchos educadores que habían sido formados en su momento por José de la Luz y Caballero.

En el filme tiene un marcado sabor cubano los ensayos y representaciones en el teatro Villanueva. La escena – entre tablas y candilejas – se centra en el ataque de los Voluntarios españoles, el 22 de enero, tras los gritos a favor de la independencia. La represión fue cruda, brutal y las calles durante muchos días fueron inseguras por la desmedida reacción de las autoridades ibéricas.

Sin embargo, no compartimos la escena donde Martí, bajo una doble amenaza, física una por la pistola cercana a su rostro y mental la otra por las súplicas maternas, se decide a balbucear: viva España y no llega a gritarlo por la salvadora intervención de un antiguo maestro. Martí nunca hubiese proferido esas palabras.

También hay que recordar ese Martí humano, que reconoce cuánto influyó en él las enseñanzas y la honestidad de su padre. En José Julián está la honradez de Mariano, su sentido de la justicia, la decencia y el cabal cumplimiento del deber.

De la pantalla a las letras

El filme que nos ha ofrecido los primeros años de una vida y el despliegue progresivo de una personalidad, se despide con el impactante mirar de su sujeto protagónico. Esa mirada que ha rondado por toda la película aparece en la última escena y en una clara proyección al futuro tenemos al Martí que expresa: «Roza una abeja mi boca / Y crece en mi cuerpo el mundo».[5]

Como por encanto, termina la proyección, comienzan los créditos, se prenden las luces. Permanecemos sentados, pensando que la película se fue demasiado rápido. Quedamos con deseos de seguir viendo más, de comparar, de analizar, de observar al Martí adulto. Entonces decidimos volver al de nuestros libros, ese hombre maravilloso, ese poeta incalculable, ese acunador de ismaelillos y fustigador de quienes maltratan, ese sabio que junto a Meñique nos invita a profundizar en las cosas, ese ser humano que comprendió que la guerra era la paz del futuro.

[1] José Martí: «Versos Sencillos. XXV» en Obras Completas. Tomo XVI. Editorial  Ciencias Sociales, La Habana, 1975. p. 100.

[2] Entrevista a Fernando Pérez realizada por Marianela González. Disponible en http:/www.lajiribilla.cu. Consultado 20 de diciembre de 2013. Versión digital.

[3] José Martí: «Los Zapaticos de Rosa» en  La Edad De Oro. Editorial Gente Nueva, La Habana, 1985. p. 175.

[4] José Martí: «Pilar Belaval» en Obras Completas. Tomo VI. Editorial  Ciencias Sociales, La Habana, 1975. p. 421.

[5] José Martí: «Versos Sencillos. III» en Obras Completas. Tomo XVI. Editorial Ciencias Sociales, La Habana, 1975. p. 68.

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Sobre el Autor

Entre mis autores preferidos se destacan Abelardo Estorino y Roberto Bolaño. El teatro es mi pasión. Me encanta salir con mis amistades. LONGA VITA ARTIBUS ET LITTERIS.

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